Santoral, 29 de agosto
Hay hombres que mueren por lo que hicieron y otros que terminan muertos por lo que dijeron. Juan el Bautista pertenece a estos últimos.
Cada 29 de agosto la tradición cristiana recuerda el martirio de San Juan Bautista, una de las figuras más poderosas y extrañas del Nuevo Testamento: profeta del desierto, predicador incómodo para los poderosos y, según los Evangelios, el hombre que anunció la llegada de Jesús y terminó decapitado por denunciar públicamente la conducta del gobernante Herodes Antipas.
Juan había nacido en Judea. Era hijo del sacerdote Zacarías y de Isabel, pariente de María, la madre de Jesús. El Evangelio de Lucas presenta su nacimiento rodeado de acontecimientos extraordinarios y establece desde el principio un paralelismo entre las vidas de Juan y Jesús.
Pero Juan no fue un sacerdote acomodado ni un predicador de palacio.
Se fue al desierto.
Los Evangelios lo describen vestido con pelo de camello, alimentándose de langostas y miel silvestre y predicando junto al río Jordán. Su mensaje era sencillo y al mismo tiempo peligroso: había que arrepentirse, cambiar de vida y prepararse porque algo trascendental estaba por ocurrir.
La gente acudía a escucharlo y Juan los bautizaba en las aguas del Jordán como señal de conversión.
De ahí su nombre: Juan el Bautista.
Entre quienes acudieron hasta él estuvo Jesús de Nazaret. Según los relatos evangélicos, Juan inicialmente se resistió a bautizarlo porque consideraba que debía ocurrir exactamente lo contrario. Finalmente lo hizo.
A partir de entonces sus caminos comenzaron a separarse.
Juan había cumplido la misión que atribuía a su propia existencia. Una de las frases que los Evangelios ponen en su boca resume esa conciencia: él debía disminuir mientras el otro debía crecer.
Pero todavía le quedaba enfrentarse al poder.
Un profeta frente a Herodes
Herodes Antipas gobernaba Galilea y Perea bajo la tutela del Imperio romano. Era hijo de Herodes el Grande y mantenía una relación con Herodías, quien había sido esposa de su hermano.
Juan lo denunció públicamente.
No parece haber calculado las consecuencias.
Para un profeta como él, la ley moral estaba por encima del gobernante. Y ése ha sido siempre uno de los conflictos más antiguos de la humanidad: el momento en que alguien decide decirle al poderoso aquello que nadie a su alrededor se atreve a decirle.
Herodes ordenó detenerlo.
Juan fue encarcelado y, de acuerdo con una tradición antigua, permaneció preso en la fortaleza de Maqueronte, situada al este del mar Muerto.
El historiador judío Flavio Josefo, que escribió décadas después y no era cristiano, también menciona a Juan el Bautista y su ejecución por orden de Herodes Antipas. Su explicación tiene un matiz político: Herodes habría temido la enorme influencia que Juan ejercía sobre la multitud y la posibilidad de que aquella fuerza popular terminara provocando una rebelión.
Es un dato importante porque coloca a Juan fuera exclusivamente del relato religioso.
Existió un predicador llamado Juan, reunió multitudes y acabó convertido en un problema para el poder.
La cabeza sobre una bandeja
Los Evangelios de Marcos y Mateo cuentan el desenlace de una manera dramática.
Durante un banquete por el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías bailó ante los invitados y agradó tanto al gobernante que éste prometió concederle lo que pidiera.
Aconsejada por su madre, pidió algo terrible:
la cabeza de Juan el Bautista.
Herodes, según el relato, se entristeció, pero había pronunciado su juramento delante de sus invitados y ordenó la ejecución.
Juan fue decapitado en la prisión.
Su cabeza fue llevada sobre una bandeja y entregada a la joven, quien a su vez se la dio a su madre.
Con los siglos, aquella escena se convertiría en una de las imágenes más representadas por el arte occidental. Pintores como Caravaggio, Tiziano y otros grandes maestros volvieron una y otra vez sobre el instante de la decapitación o sobre la cabeza del profeta presentada ante Salomé.
Curiosamente, los Evangelios no llaman Salomé a la muchacha. Ese nombre procede principalmente de Flavio Josefo y posteriormente quedó unido para siempre a la historia.
El santo de la verdad incómoda
La Iglesia celebra el nacimiento de San Juan Bautista el 24 de junio y recuerda su martirio el 29 de agosto. Es una distinción excepcional: de la mayoría de los santos se conmemora principalmente la muerte; de Juan se recuerdan ambos acontecimientos.
Y quizá la permanencia de su figura durante dos mil años tenga menos que ver con la forma terrible en que murió que con la causa que lo llevó hasta ella.
Juan no encabezó un ejército.
No gobernó una ciudad.
No acumuló riquezas.
Vivió en el desierto y terminó encerrado en una prisión.
Su arma fue la palabra.
Por eso su historia continúa teniendo una lectura inquietantemente contemporánea. Frente al poder político, Juan hizo aquello que en todas las épocas puede resultar peligroso: señaló públicamente lo que consideraba una injusticia y se negó a guardar silencio.
Herodes pudo encarcelar al hombre y finalmente ordenar que le cortaran la cabeza.
Lo que no consiguió fue silenciarlo.
Dos mil años después seguimos hablando de Juan.
Y casi nadie recuerda a Herodes Antipas sin recordar también al hombre al que mandó decapitar.
The gateway did not

