El Mencho peleaba y apostaba a “gallos”; en realidad eran humanos
Cuauhtémoc Villegas Durán
Nemesio Oseguera Cervantes tenía una pasión conocida mucho antes de convertirse en uno de los narcotraficantes más poderosos de México.
Los gallos.
Le decían El Señor de los Gallos. Quienes lo conocieron en los palenques contaron que llevaba animales finos, que podía apostar cantidades millonarias y que sus peleas importantes se realizaban incluso a puerta cerrada. Un testimonio recogido por Univisión hace una década habló de apuestas de hasta dos millones de pesos en un solo combate.
Años después apareció incluso un video en el que presuntamente se observa a El Mencho dentro de un palenque, más joven, sosteniendo uno de sus gallos antes del combate.
Pero ahora sabemos que alrededor del imperio criminal que construyó existió otro palenque.
Uno mucho más grande.
Y ahí los gallos eran hombres.
Matar para vivir
El Rancho Izaguirre, en Teuchitlán, permitió conocer una parte de la maquinaria.
Jóvenes atraídos mediante falsas ofertas de trabajo llegaban pensando que serían guardias de seguridad o realizarían algún empleo bien pagado.
Después les quitaban el teléfono.
Les impedían salir.
Los adiestraban.
Y comenzaba la selección.
Autoridades federales confirmaron posteriormente que quienes se negaban al entrenamiento, no cumplían las órdenes o intentaban escapar eran golpeados, torturados y asesinados.
Los testimonios de sobrevivientes van todavía más lejos.
En el Rancho Izaguirre hubo reclutas obligados a enfrentarse entre ellos, combates en los que sobrevivir podía significar convertirse en integrante del Cártel Jalisco Nueva Generación.
Milenio obtuvo testimonios de personas que pasaron por ese sistema: allí aprendían a disparar, combatir, fabricar explosivos, mutilar cuerpos y desaparecer los restos de quienes morían.
Uno de los sobrevivientes calculó que llegó a haber entre 200 y 220 personas amontonadas en una sola habitación. Documentos encontrados posteriormente han hecho pensar que por aquel lugar pudieron pasar centenares.
No eran soldados que hubieran acudido voluntariamente a un cuartel.
Muchos habían llegado engañados.
Y para algunos la prueba de admisión era sobrevivir.
El palenque
Quien ha visto una pelea de gallos conoce la lógica.
Se colocan dos animales en un espacio del que ninguno puede escapar.
Se les prepara.
Se les arma.
Se les enfrenta.
Alrededor hay hombres mirando.
Uno gana.
El otro queda destrozado.
Después entra otra pareja.
En los centros de reclutamiento atribuidos al CJNG aparece una perversión de esa misma mecánica.
El recluta fuerte servía.
El que resistía servía.
El que obedecía servía.
El que podía matar servía.
El débil, el rebelde o quien trataba de escapar podía morir.
No puedo saber qué nombre utilizaban internamente para esos combates, pero el significado es estremecedor frente a la biografía de quien encabezó durante años la organización.
El Señor de los Gallos terminó construyendo una estructura en la que seres humanos eran seleccionados mediante la violencia como animales de pelea.
Ganar significaba perder
Existe además una diferencia brutal.
Un gallo vencedor vuelve a su jaula.
Para aquellos muchachos, ganar tampoco significaba recuperar la libertad.
El premio podía ser convertirse en sicario.
En halcón.
En operador.
En esclavo del cártel.
Milenio documentó que durante la época de Oseguera el CJNG mantuvo un flujo constante de jóvenes reclutados mediante engaños, redes sociales, ofertas laborales e incluso captación de menores de edad. La finalidad era alimentar permanentemente su estructura de halcones y hombres armados.
El mecanismo explica algo que durante años no quisimos mirar cuando observábamos las fichas de búsqueda.
No todos los desaparecidos necesariamente estaban muertos.
Algunos podían estar trabajando forzadamente para quienes los desaparecieron.
Podían aparecer meses después armados.
Podían ser detenidos por el Ejército.
Podían incluso terminar convertidos en victimarios después de haber comenzado como víctimas.
La frontera moral es mucho más incómoda de lo que permite una ficha del Registro Nacional.
Teuchitlán fue apenas la puerta
Cuando escribí La punta del iceberg, ésa era precisamente la impresión.
No estábamos mirando el fenómeno completo.
Teuchitlán no explicaba únicamente un rancho.
Mostraba un método.
Y después apareció Lagos de Moreno.
En mayo de este año, Madres Buscadoras llegó al predio de Plan de los Rodríguez y encontró múltiples puntos con fragmentos humanos calcinados. Algunas áreas, de acuerdo con las buscadoras, todavía desprendían humo.
La Fiscalía confirmó posteriormente restos humanos con exposición térmica, combustible y evidencias de que se habían utilizado llantas durante la combustión.
El terreno bajo investigación es de aproximadamente 160 hectáreas.
Entonces la secuencia comenzó a adquirir otra dimensión.
Teuchitlán podía ser una puerta de entrada.
Lagos mostraba el posible final.
En uno se reclutaba.
En otro se destruían cuerpos.
No existe evidencia pública que permita afirmar que los dos sitios integraban una misma cadena operacional, pero ambos pertenecen al mismo paisaje criminal jalisciense y a una época marcada por la expansión del CJNG.
Los zapatos
Hay algo que sigo considerando imposible de olvidar de Teuchitlán.
Los zapatos.
Centenares.
Tenis.
Botas.
Sandalias.
Ropa.
Mochilas.
Objetos personales.
Cuando aparecieron aquellas imágenes muchos discutieron si el lugar debía llamarse campo de exterminio, centro de adiestramiento o rancho de reclutamiento.
Me parecía una discusión infinitamente menor frente a esos zapatos.
Porque un zapato no desaparece solo.
Alguien llegó con él.
Alguien se lo quitó.
Y alguien no volvió por él.
Detrás de cada par existe la posibilidad de una historia que todavía no conocemos.
La leva
Lo que construyó el CJNG necesitaba hombres.
Una organización que se extendió por buena parte del país no podía sostener su expansión únicamente con voluntarios.
Necesitaba una fuente permanente de reemplazos.
Personas para vigilar.
Personas para transportar.
Personas para cobrar.
Personas para disparar.
Personas dispuestas —o forzadas— a morir.
Por eso el reclutamiento no puede estudiarse separado de la desaparición.
La falsa oferta laboral puede ser el primer eslabón de una leva criminal.
El joven sale de Aguascalientes, Guadalajara, Zacatecas, Michoacán o cualquier otra ciudad pensando que consiguió trabajo.
Después deja de contestar.
La madre coloca su fotografía en Facebook.
Presenta la denuncia.
Comienza la ficha.
Y quizá mientras ella lo busca su hijo se encuentre en un rancho aprendiendo a manejar un fusil.
O siendo obligado a pelear contra otro muchacho que también tiene una madre buscándolo.
Dos madres, dos gallos
Ésa es quizá la imagen más terrible.
Dos jóvenes enfrentados.
Los dos secuestrados por circunstancias similares.
Los dos desaparecidos.
Los dos convertidos en adversarios.
Cada uno debe derrotar al otro para sobrevivir.
Y afuera puede haber dos madres pegando fichas sin saber que sus hijos están obligados a matarse entre sí.
El vencedor no gana.
Se convierte en propiedad de la organización.
El muerto tampoco termina de morir.
Puede ser enterrado.
Fragmentado.
Quemado.
Desaparecido una segunda vez.
Eso es lo que hace particularmente terrible la estructura descrita por los sobrevivientes.
No solamente produce sicarios.
Convierte víctimas en instrumentos para producir nuevas víctimas.
El Señor de los Gallos
Hay una ironía histórica casi insoportable.
Los corridos presumían que El Mencho apostaba a sus gallos.
Él era conocido por esa afición. Incluso una canción dedicada a su figura decía que lo encontraban apostando en las peleas, y testimonios de antiguos galleros describieron combates privados y apuestas enormes.
Pero los testimonios que aparecieron después de Teuchitlán dan a aquel sobrenombre un significado mucho más oscuro.
No estoy afirmando que Oseguera se sentara personalmente frente a dos reclutas y apostara dinero por cuál mataría al otro; no existe evidencia pública que permita sostener ese detalle literal.
Es peor de otra manera.
El sistema criminal construido bajo su mando terminó reproduciendo la lógica del palenque con personas.
Seleccionar.
Entrenar.
Enfrentar.
Eliminar al que pierde.
Aprovechar al vencedor.
Y repetir.
Miles de jóvenes pudieron pasar durante años por mecanismos de reclutamiento de una organización que necesitaba alimentar una guerra permanente.
¿Cuántos?
Todavía no sabemos.
¿Cuántos murieron?
Tampoco.
¿Cuántos siguen apareciendo entre los más de 133 mil desaparecidos de México?
Nadie puede responderlo.
¿Cuántos terminaron enterrados en Jalisco?
No lo sabemos.
¿Cuántos fueron quemados hasta impedir que sus madres pudieran identificarlos?
Mucho menos.
Ésa es la verdadera punta del iceberg.
El último palenque
El Mencho murió.
El CJNG no.
Los ranchos quedaron.
Las fosas siguen apareciendo.
Los restos continúan esperando un nombre.
Y las madres todavía buscan.
Por eso, cuando observo ahora aquellas antiguas historias del gallero que podía poner dos millones de pesos sobre una pelea, ya no pienso primero en los animales.
Pienso en Teuchitlán.
En los muchachos engañados con una oferta de trabajo.
En aquellos que tuvieron que aprender a matar para seguir vivos.
En los que fueron asesinados porque no quisieron hacerlo.
En Lagos de Moreno.
En los huesos quemados.
En los zapatos que nadie volvió a ponerse.
El Señor de los Gallos terminó encabezando una organización en cuyo sistema de reclutamiento algunos hombres fueron tratados exactamente con la crueldad con que se trata a los animales de pelea:
se les encierra,
se les enfrenta,
se utiliza al vencedor
y se desecha al derrotado.
Sólo que éstos tenían nombre.
Tenían padres.
Tenían hijos.
Tenían una casa.
Y todavía tienen una madre buscándolos.
Los verdaderos gallos de pelea de aquella guerra eran seres humanos.


