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Mariana Ávila

Hace unos días, diez personas fueron localizadas en distintos puntos del estado de Zacatecas, con signos de extrema violencia. No es un hecho aislado. No es nuevo en Zacatecas ni en la región. Y quizá esa sea una de las tragedias más profundas: hemos empezado a acostumbrarnos a lo que nunca debió volverse cotidiano.

Frente a estos hechos, la respuesta institucional volvió a ser la misma. En lugar de asumir su responsabilidad frente a una violencia que no han podido detener, las autoridades volvieron a construir una explicación sobre las víctimas. Dicen que tenían antecedentes, que consumían sustancias o que estaban vinculadas con algún grupo delincuencial. Como si cualquiera de esas circunstancias pudiera convertir en menos grave la tortura, la exhibición pública o el asesinato.

No existe un antecedente, un consumo o una condición que convierta en aceptable la tortura, la desaparición o el asesinato. Los derechos humanos no dependen de la biografía de las víctimas. Cuando el Estado responde estigmatizando a quienes fueron asesinados, no solo evade su responsabilidad: también envía el mensaje de que existen vidas cuya pérdida merece menos indignación.

Nosotras sabemos que esa misma Fiscalía que hizo pública con rapidez información para construir un perfil de las víctimas es la misma que ha negociado y presionado para que un exrector señalado por vi.lencia s.xual contra una niña permanezca en libertad. Es la misma Fiscalía que ha obstaculizado el acceso a la justicia de las víctimas de tortura del 8 de marzo y que protege a quienes ejercieron violencia contra agricultores que exigían mejores condiciones de vida. La que no acepta nombrar los feminicidios.

No se trata de casos aislados. Se trata de una forma de ejercer el poder que protege a unos, abandona a otros y normaliza la impunidad. Un sistema profundamente atravesado por el patriarcado, que clasifica qué vidas importan, cuáles pueden ser desechadas y cuáles merecen justicia.

Todavía hay quienes repiten sin cuestionar las versiones oficiales. Pero la violencia nunca permanece encerrada en un solo grupo.

No hay violencias aisladas. Cada vez que justificamos una, abrimos la puerta para todas las demás. Y cada vez que decidimos enfrentar una, también fortalecemos la lucha contra todas.

El silencio no nos protege.

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