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En el Cañón de Juchipila, Zacatecas, una montaña guarda una de las cosmogonías indígenas más extraordinarias del norte de México: túneles de nacimiento, cuevas que comunican con los muertos, una montaña femenina surgida de las aguas primordiales, un niño resucitado entre flores y una danza que todavía mantiene vivo el pacto con los antiguos dioses

Por Cuauhtémoc Villegas Durán

Desde la carretera que cruza el Cañón de Juchipila parece solamente una montaña.

Pero para los caxcanes de El Remolino -al fondo y abajo de la foto se ve la comunidad- no lo es.

Tlachialoyantepec —el cerro al que hoy conocemos oficialmente como Cerro de las Ventanas— no sería simplemente un lugar donde vivieron sus antepasados. En la memoria espiritual recogida entre habitantes de la región es el sitio donde comenzó el mundo, donde nacieron los primeros seres humanos y adonde regresan los muertos.

Es, literalmente, una montaña de origen.

Una montaña matriz.

Una montaña atravesada por cuevas.

La arqueología ha confirmado que el cerro encierra un enorme complejo cultural. El Instituto Nacional de Antropología e Historia lo considera el desarrollo arqueológico más importante del Cañón de Juchipila. Hay terrazas, plataformas, áreas residenciales y ceremoniales, petrograbados, enterramientos y restos cuya cronología alcanza aproximadamente dos mil años. Las construcciones ceremoniales estuvieron funcionando durante siglos.

Pero debajo de esa historia arqueológica existe otra.

La que sobrevivió en la memoria.

Y esa historia comienza dentro de la Tierra.


Antes de la tierra sólo existía el agua

La narración caxcana recopilada por la historiadora Daisy Ocampo contiene una imagen extraordinaria del nacimiento del mundo.

En el principio, toda la Tierra estaba cubierta por agua.

No había continentes.

No había valles.

No había pueblos.

Un sentimiento oscuro, silencioso y vacío envolvía el universo.

Entonces las aguas comenzaron a retirarse.

Dos puntos de tierra emergieron lentamente sobre la superficie.

Eran dos montañas gemelas.

Una sería Tlachialoyantepec.

La otra, la Sierra de Morones.

Los caxcanes describen a esas dos elevaciones como fetos gemelos que emergen del agua primordial, semejante al líquido amniótico que envuelve a los hijos dentro de su madre.

No es una metáfora menor.

En esa cosmogonía, la geografía tiene cuerpo.

Las montañas nacen.

El agua es matriz.

La Tierra está viva.

Y el paisaje del Cañón de Juchipila no es solamente escenario del relato: es el propio relato petrificado.

La tradición incluso conserva una idea todavía más sorprendente. La formación de la Tierra habría comenzado por una perturbación cósmica provocada por una flecha disparada hacia un punto del espacio. Ese punto se fragmentó y de la ruptura comenzó a formarse nuestro planeta.

Estamos ante una cosmogonía que conecta cielo, agua, montaña y nacimiento humano.


La montaña mujer y su hermano

Las montañas gemelas adquirieron sexo y personalidad.

Tlachialoyantepec fue identificada con la hermana.

La Sierra de Morones, con el hermano.

Pero los gemelos no crecieron igual.

Según los relatos recopilados entre los caxcanes, la hermana recibió mayor fuerza, alimento y vitalidad. El hermano creció débil, resentido y enfermo.

De esa desigualdad nació una oposición primordial.

Generosidad y escasez.

Salud y enfermedad.

Fertilidad y esterilidad.

Equilibrio y desequilibrio.

Tlachialoyantepec quedó asociada con la abundancia, la medicina y la capacidad de dar vida. La Sierra de Morones representaría al gemelo masculino, más reservado y peligroso.

Para los habitantes de El Remolino entrevistados por Ocampo, la montaña femenina no representa únicamente un ancestro.

De ella nació el pueblo.

Doña Cuca, una de las principales depositarias de la memoria oral reunida en la investigación, respondió así cuando le preguntaron dónde había nacido su pueblo:

“Esa montaña de ahí. De ahí venimos.”

Su explicación continuaba: los antepasados surgieron de la tierra y la montaña los introdujo en este mundo.


La cueva como útero

Aquí aparecen las cuevas.

Y cambian completamente la interpretación del cerro.

Los primeros seres humanos, según este relato, no aparecieron sobre la superficie.

Esperaron durante mucho tiempo en el interior de la Tierra.

Cuando las aguas bajaron y llegó el momento adecuado, emergieron por un nautilostot, palabra utilizada en la tesis para designar un túnel.

Ese conducto de Tlachialoyantepec funciona simultáneamente como:

vientre, canal de nacimiento, portal entre mundos y camino hacia los muertos.

Un habitante de El Remolino lo describió como el portal hacia todo aquello que resulta esencial para su pueblo: el centro de su cosmología y el lugar al que vuelven los antepasados.

La montaña es entonces madre en un sentido casi literal.

El pueblo nace de su interior.

Pero la misma abertura por la que se entra a la vida conduce también al otro mundo.

Nacer y morir forman un solo movimiento.


El lugar al que regresan los muertos

La investigación de Ocampo señala que antiguamente los caxcanes cremaban a sus muertos en la montaña.

La familia mantenía durante un año un periodo de duelo y posteriormente las cenizas eran dispersadas en Tlachialoyantepec.

La tesis cita incluso un testimonio colonial atribuido a Gil González D’Ávila sobre costumbres funerarias caxcanas: el cuerpo era cremado, las cenizas y pertenencias se conservaban durante un tiempo y finalmente los restos se entregaban al viento.

La memoria contemporánea conserva una explicación espiritual.

El muerto debe regresar al lugar del que nació.

Por eso la montaña no es únicamente territorio de los vivos.

Es también territorio ancestral.

Alterar sus lugares sagrados significa, desde esta cosmovisión, interrumpir el camino de regreso de los muertos.

El círculo queda cerrado:

de la montaña nacen los hombres; a la montaña regresan.


Los pequeños habitantes del mundo subterráneo

La tradición habla también de seres llamados chaneques, descritos como “Pequeña Gente”.

Habitan el mundo inferior.

Custodian la naturaleza.

Protegen las cosechas.

Y pueden utilizar los túneles para trasladarse entre el subsuelo y el mundo humano.

Un joven caxcán entrevistado por Ocampo explicó que esos seres “vienen de la Tierra” igual que los propios humanos y que cuidan el maíz y las cosechas.

No todas las cuevas serían iguales.

Algunas permiten comunicarse con los antepasados.

Otras concentran poderes peligrosos.

Y algunas, según la tradición de El Remolino, deberían ser visitadas únicamente por personas de conocimiento o medicina.

La tesis señala que los ancianos hablaban con enorme reserva de esos espacios y que existían protocolos comunitarios para acercarse a ellos.

Las cuevas no serían simples cavidades geológicas.

Son umbrales.


Padre Serpiente y Madre Cuervo

Cuando los primeros hombres emergieron de la montaña todavía no sabían vivir en el nuevo mundo.

Dos figuras aparecen como guías fundamentales:

Zozocat, Padre Serpiente, y Madre Cuervo.

La tradición narrada a Ocampo asegura que fueron ellos quienes condujeron a los primeros seres humanos desde las profundidades de la Tierra.

En aquel tiempo remoto, humanos y animales podían comunicarse.

Los pájaros ayudaron a formar la Tierra.

El Cóndor intentó extenderla con sus alas.

Pero fue un viejo Murciélago, descrito con barba blanca y bastón, quien terminó formando barrancas, acantilados, mesas y cuevas.

Por eso —explica la narración— los murciélagos continúan volando junto a despeñaderos y cavernas: siguen trabajando en la creación del mundo.

El paisaje continúa siendo creado.

La Creación no terminó.


La primera muerte

Pero el mundo recién nacido conoció pronto la tragedia.

Un jaguar devoró a un niño.

Los hombres no comprendían todavía la muerte.

Madre Cuervo se refugió en una cueva con sus demás hijos y lloró.

Padre Serpiente contuvo el dolor.

Sus ojos comenzaron a producir relámpagos.

Los rayos golpearon las montañas y abrieron grandes cavernas para proteger a los seres humanos de jaguares y pumas.

Después colocó una enorme piedra en la entrada.

Por primera vez, los hombres pudieron dormir protegidos dentro de una cueva.

Desde entonces, la cueva se convirtió en refugio.

Pero todavía faltaba el acontecimiento central.


El niño que volvió de la muerte

Madre Cuervo llevó flores de cacalotxúchitl como agradecimiento.

Dentro de una de las cavernas de Tlachialoyantepec, los primeros habitantes cubrieron el suelo con sus pétalos.

Formaron una cama para que descansara Madre Cuervo.

Entonces ocurrió el prodigio.

Del lecho de flores volvió a aparecer el niño que había sido devorado por el jaguar.

Había resucitado.

La cueva quedó convertida en un punto de comunicación entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

Y el cacalotxúchitl quedó consagrado como flor sagrada.

Al niño resucitado le dieron un nombre:

Xochipilli.

El Príncipe de las Flores.


Xochipilli: flor, agricultura, fertilidad y danza

Después de regresar de la muerte, Xochipilli dejó de ser solamente un muchacho.

La tradición lo convirtió en una divinidad asociada con las flores, la danza, la fertilidad y la agricultura.

La cueva recibió el nombre de Xochipillan.

La memoria recogida por Ocampo afirma además que Xochipilli confirmó que dioses y espíritus habitan dentro de la montaña.

El propio nombre de Juchipila aparece conectado en estas tradiciones con aquel universo floral y religioso.

El INAH ofrece aquí un dato independiente que resulta especialmente interesante: señala que probablemente por la fertilidad del territorio, la región fue conocida como Xochipillan, “lugar de flores”.

Tradición oral y arqueología no prueban exactamente la misma historia.

Pero ambas conducen hacia algo importante:

el cerro fue durante siglos un espacio ceremonial de extraordinaria relevancia.


La danza que mantiene funcionando el universo

Del regreso de Xochipilli nació, según la narración, la Danza del Xúchitl.

Durante generaciones, las comunidades se reunieron para llevar cacalotxúchitl, ofrendas y plegarias.

Antes de recoger las flores se depositaban intenciones y peticiones.

Se encendía copal.

Se entregaban velas.

Se bebía tesgüino.

Los mayores iniciaban la ceremonia.

Después participaban los jóvenes.

Un paño rojo llamado tlapaleoliztle pasa de una persona a otra durante el baile. Su movimiento ondulante representa el agua.

Se levanta sobre la cabeza en dirección al mundo celeste y después se entrega a una persona del sexo opuesto.

La ceremonia reúne así varios de los principios de la cosmogonía:

agua, cielo, masculino, femenino, fertilidad, agricultura, comunidad y continuidad de la vida.

Uno de los custodios de la danza explicó que se pide a Xochipilli principalmente lluvia y buenas cosechas.

La región puede sufrir sequías severas.

Por eso bailar también significa pedir que la Tierra siga produciendo.


El solsticio escondido detrás del calendario católico

Hay un detalle particularmente importante.

Alfonso Diosdado Reyes, mayordomo entrevistado en la investigación, sostuvo que la danza pertenecía originalmente al solsticio de verano, y que posteriormente la llegada del catolicismo la ajustó al calendario gregoriano.

La investigación asocia además el ceremonial con conocimientos astronómicos, climatológicos y agrícolas.

Esto cambia nuestra manera de observar una fiesta aparentemente popular.

Debajo de su forma actual podría sobrevivir un antiguo calendario.

Una tecnología cultural para observar:

el Sol,

las lluvias,

los ciclos agrícolas,

las estaciones,

y la fertilidad.

La danza sería entonces algo más que folclor.

Sería memoria astronómica ejecutada con el cuerpo.


Una piedra del Sol y una piedra del Agua

La tesis registra otra práctica de enorme simbolismo.

Los caxcanes tomaban una piedra de la parte elevada de Tlachialoyantepec para representar al Sol.

Después recogían otra del agua para representar el Agua.

Ambas eran depositadas dentro de la cueva relacionada con la resurrección de Xochipilli.

La intención era recordar el origen.

Doña Cuca lo explicó diciendo que esas acciones se realizaban para que quienes vinieran después no olvidaran que aquella cueva era el origen de la vida.

Sol arriba.

Agua abajo.

Cueva en medio.

Otra vez aparece una cosmografía vertical:

cielo – superficie – inframundo.


El diluvio caxcán

La cosmogonía incorpora también un diluvio.

Después de crecer la población surgió una figura llamada Teponahua, hermano de Padre Serpiente y dios de la noche.

Teponahua podía construir profundas cuevas, pero comenzó a exigir tributos y obediencia.

Prometió incluso que construyendo un enorme templo de piedra los hombres podrían alcanzar el cielo y dejar de trabajar.

Algunos abandonaron a Madre Cuervo y siguieron al nuevo jefe.

Padre Serpiente protegió entonces dentro de la cueva sagrada únicamente a aquellos que habían permanecido fieles.

Las aguas crecieron.

Llegó el diluvio.

Cuando finalmente salió el Sol, el gran lago había desaparecido.

Quienes siguieron a Teponahua perecieron.

Según los relatos, aquellos antiguos hermanos se convirtieron en enormes cactus que todavía levantan sus brazos hacia el cielo en el Cañón de Juchipila.
El paisaje vuelve a transformarse en memoria.

Los cactus son muertos.

Las montañas son seres.

Las cuevas son puertas.

El agua recuerda el nacimiento.


La primera migración

Después del diluvio ocurrió algo decisivo.

Al retirarse las aguas apareció una extensión inmensa de territorios que hasta entonces había permanecido sumergida.

Los pueblos se dispersaron.

La tradición caxcana explica de esa manera el surgimiento de distintas naciones indígenas.

Algunos caminaron hacia el sur.

Otros hacia el norte.

La narración menciona vínculos con pueblos wixaritari, na’ayeri, zacatecos, purépechas, tecuexes y guachichiles, entre otros.

El caxcán, sin embargo, no se fue.

Permaneció junto a Tlachialoyantepec.

La montaña que antes había sido una isla quedó convertida, al bajar las aguas, en la cima del sistema terrestre que hoy contemplamos.

Para los ancianos entrevistados, ésta fue la primera montaña sagrada.


Las estrellas indicaron que seguían en casa

¿Cómo supieron que no se habían perdido después de desaparecer el gran lago?

Mirando el cielo.

Los ancianos respondieron:

porque las estrellas seguían en el mismo lugar.

Padre Serpiente les habría enseñado una estrella brillante que permanecía inmóvil y servía como marcador celeste.

El cielo confirmó la geografía.

Los hombres pudieron saber dónde estaban porque recordaban la disposición de las estrellas.

Es un dato fascinante.

La cosmogonía de Juchipila no sólo está escrita en las montañas.

También está escrita arriba.


Pacti: la medicina que vive dentro del territorio

Tlachialoyantepec también es lugar de medicina.

Los relatos utilizan la palabra pacti para designar un poder medicinal que quedó depositado en ciertas partes del paisaje durante la Creación.

No todo sitio posee la misma fuerza.

Hay puntos donde el poder se concentra.

Cuevas.

Manantiales.

Montañas.

Senderos.

La salud individual depende, dentro de esta visión, del equilibrio entre seres humanos, territorio y fuerzas espirituales.

La montaña femenina —la gemela generosa— sería precisamente una fuente mayor de ese poder curativo.


Pichilingue, el último guardián tradicional

Uno de los personajes más impresionantes de esta historia es Guadalupe Rodríguez, Pichilingue.

Durante aproximadamente cuarenta años estuvo encargado, según las entrevistas recopiladas por Ocampo, de custodiar Tlachialoyantepec conforme a protocolos comunitarios.

Antes de permitir que alguien ascendiera observaba animales, clima, piedras sueltas, lluvias y senderos.

Conocía el cerro.

Pero también conocía —según la tradición— aquello que no era visible.

Decía recibir visiones.

Entraba a cuevas.

Consideraba que en determinadas zonas existían poderes que podían afectar a una persona que entrara sin permiso o preparación.

Uno de los relatos sostiene incluso que Pichilingue podía transformarse o desplazarse espiritualmente mediante animales.

La historia debe leerse como testimonio religioso y tradición oral, no como afirmación verificable por la ciencia.

Pero precisamente por eso tiene enorme valor antropológico.

Nos muestra cómo una comunidad entiende a su especialista ritual.


La montaña donde el tiempo funciona distinto

En las entrevistas aparece otra idea extraordinaria.

Las cuevas pueden conducir hacia otro tiempo y otro espacio.

Los ancianos advierten que una persona que no conozca esos poderes podría desorientarse o quedar atrapada.

Algunas cavernas serían portales para comunicarse con los antepasados.

Otras deberían permanecer reservadas a los curanderos o personas de conocimiento.

La idea aparece nuevamente en el testimonio de Doña Cuca.

Durante una jornada recolectando pitayas percibió una enorme concentración de cuervos.

Sintió que el tiempo se detenía.

Cuando recuperó plenamente la conciencia, un trabajo que todavía no había terminado aparecía completado.

Ella interpretó el episodio como una intervención de los espíritus, les agradeció y decidió no volver a acercarse deliberadamente a aquel mundo.

Más allá de la interpretación sobrenatural, el testimonio muestra algo central:

para la tradición caxcana hay zonas del cerro donde el espacio cotidiano y el espacio sagrado se tocan.


Lo que encontró la arqueología

Y después están las piedras.

Las reales.

Las que pueden fecharse.

El INAH informa que prácticamente todo el Cerro de las Ventanas contiene restos arqueológicos, los cuales se prolongan hacia el Cerro Chihuahua.

En sus faldas se encontraron vestigios relacionados con tumbas de tiro de aproximadamente dos mil años de antigüedad.

Existen terrazas y plataformas.

Conjuntos residenciales.

Edificios ceremoniales.

Entierros humanos acompañados por conchas marinas, cerámica, figurillas y objetos de cobre.

Las investigaciones radiocarbónicas han producido fechas desde los primeros siglos de nuestra era hasta alrededor de 1405.

El INAH considera que el paisaje fue utilizado como lugar de culto durante siete u ocho siglos.

Eso no demuestra las historias de Xochipilli, Padre Serpiente o Madre Cuervo.

Pero sí demuestra algo fundamental:

la memoria contemporánea coloca sus relatos sagrados exactamente sobre un territorio que arqueológicamente fue utilizado durante siglos como espacio ceremonial.


Las ventanas no son todo el cerro

La construcción que dio nombre moderno al sitio se encuentra en un abrigo rocoso situado en la peña más elevada.

El espacio mide aproximadamente 12 metros de largo por 3.5 de alto.

Un muro prehispánico cierra parcialmente la cavidad y conserva pequeños vanos que, vistos desde el valle, parecen ventanas.

La construcción utilizó mampostería unida con barro y pasto; restos del recubrimiento indican que estuvo decorada con franjas alternadas de colores.

Un fechamiento asociado a la estructura la sitúa aproximadamente hacia el siglo VIII de nuestra era.

Pero reducir Tlachialoyantepec a esas “ventanas” sería perder casi todo.

Porque la montaña completa constituye el sitio.


El nombre perdido debajo del nombre

“Cerro de las Ventanas” es un nombre descriptivo.

Describe lo que ve el observador moderno.

Tlachialoyantepec apunta hacia otra cosa.

La tesis de Ocampo utiliza deliberadamente el nombre indígena porque los integrantes de la comunidad que participaron en su investigación consideran que el nombre oficial español privilegia una interpretación arqueológica y colonial del lugar.

Éste es uno de los conflictos centrales.

Para el Estado es una zona arqueológica.

Para una parte de la comunidad caxcana es una entidad viva.

Para el turismo es un sitio visitable.

Para sus guardianes tradicionales es un lugar al que primero se debe pedir permiso.

Para el arqueólogo contiene estructuras.

Para el creyente contiene antepasados.

Ambas realidades ocupan físicamente la misma montaña.


Un cerro que alguna vez estuvo lleno de caminos

El Cañón de Juchipila estaba atravesado por una compleja red de senderos.

No terminaban en el pueblo vecino.

Continuaban hacia territorios que hoy pertenecen a Zacatecas, Jalisco, Nayarit, Durango, San Luis Potosí, Aguascalientes, Sinaloa y otras regiones.

La tesis recoge una tradición de movilidad caxcana en la cual esos caminos conectaban pueblos, lugares de abastecimiento y centros espirituales.
Mixtón.

El Teúl.

La Quemada.

Tlachialoyantepec.

Los caminos transformaban esos lugares en una red.

No eran islas ceremoniales independientes.

Eran nodos.


Juchipila como centro religioso

La propia tesis da un paso todavía más importante.

Sostiene, a partir de entrevistas y fuentes regionales, que diversas comunidades caxcanas podían venerar deidades distintas: menciona a Xiuticutli, relacionado con el fuego; Centeot, con el maíz; Teocatl, divinidad serpiente; Teteotl, relacionado con la guerra, además de otras figuras.

Pero afirma que la tradición de Xochipilli tenía un alcance regional particularmente amplio.

Durante la ceremonia del Xúchitl habrían llegado personas de diferentes pueblos hasta Juchipila para participar en la danza y reconocer a Xochipilli y a Tlachialoyantepec.

Eso permite formular una hipótesis histórica fascinante:

Juchipila pudo funcionar no sólo como centro político sino como centro de peregrinación.

La propia estructura ceremonial —viaje, llegada, bebida para el peregrino, ofrenda, danza y regreso— conserva elementos típicos de un santuario regional.


La Guerra del Mixtón llegó después

La historia oficial suele conducir rápidamente hacia 1541.

Los caxcanes se rebelan.

Pedro de Alvarado es herido.

Antonio de Mendoza llega con un enorme ejército.

El Mixtón cae.

La rebelión es aplastada.

Ese episodio es fundamental.

Pero constituye apenas una pequeña fracción de la historia de la región.

El propio INAH señala que las ocupaciones y construcciones del Cerro de las Ventanas se remontan muchos siglos atrás y que la montaña fue un espacio cultural mucho antes de la invasión española.

Mirar únicamente la guerra significa comenzar la historia por su final colonial.

La montaña ya era sagrada cuando llegaron los españoles.


La conquista de una geografía sagrada

Los conquistadores no encontraron solamente tierra.

Encontraron un territorio organizado religiosamente.

Cerros.

Cuevas.

Manantiales.

Senderos.

Danzas.

Entierros.

Lugares de peregrinación.

Centros ceremoniales.

Por eso la conquista no fue únicamente militar.

También fue una conquista del paisaje.

Transformar un santuario en sitio arqueológico.

Una danza en folclor.

Una divinidad en superstición.

Una montaña madre en “cerro”.

Una cueva-porta en atractivo turístico.

Son procesos mucho más silenciosos que una batalla, pero pueden ser igualmente profundos.


Y sin embargo, la montaña siguió hablando

Cinco siglos después, los ancianos todavía cuentan historias sobre Tlachialoyantepec.

Todavía se baila el Xúchitl.

Todavía florece el cacalotxúchitl.

Todavía existen familias que reconocen el cerro como origen.

Todavía se habla de Padre Serpiente.

De Madre Cuervo.

Del niño convertido en Xochipilli.

De los pequeños guardianes de las cosechas.

De cuevas donde habitan espíritus.

De piedras que representan al Sol y al Agua.

De estrellas que permiten reconocer la patria.

Y de muertos que deben volver a la montaña.

La arqueología puede fechar un muro.

Puede medir una plataforma.

Puede analizar una tumba.

Puede determinar que una estructura fue edificada alrededor del siglo VIII.

Pero existe otra cronología que ningún carbono 14 puede medir:

el tiempo durante el cual una comunidad continúa recordando.

En Tlachialoyantepec ambas historias siguen superpuestas.

Una está enterrada en la tierra.

La otra permanece dentro de la gente.


El verdadero tesoro del Cañón de Juchipila

Doña Cuca ofreció quizá la definición más precisa.

Recordaba cómo españoles y después mexicanos buscaron obsesivamente la plata de Zacatecas.

Y contrapuso a aquella riqueza otra.

Las piedras.

La tierra.

Los senderos.

Las cuevas.

Eso —dijo— era su oro.

Quizá allí se encuentre la clave para mirar nuevamente el Cañón de Juchipila.

Durante siglos hemos buscado debajo de sus montañas aquello que podía extraerse.

Plata.

Minerales.

Objetos arqueológicos.

Tesoros.

Pero la riqueza fundamental de Tlachialoyantepec quizá no estaba escondida debajo de la montaña.

Era la propia montaña.

Sus cuevas.

Sus caminos.

Sus muertos.

Sus flores.

Sus estrellas.

Sus relatos.

Y una extraordinaria idea conservada generación tras generación:

que los hombres pertenecen a la Tierra porque alguna vez salieron de ella y, cuando termina su camino, deben regresar al mismo lugar del que nacieron.

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