Foto de Raffles trasvestido: /Roberto Hernández Alexander/Objetivo7fotógrafos.
Conocí a la señora Mona en lagos del Country, fue amiga de mi madre muchos años antes de imaginar que aquella amistad terminaría por poner en mis manos una parte fundamental de la historia de Raffles.
Ella había vivido durante algunos años en Lago Tequesquitengo y después regresó a Lagos del Country, en Guadalajara. La conocí antes del año 2000, antes de la muerte de mi madre, de quien también fue amiga. Cuando en 2004 dejé Guadalajara para casarme y establecerme en Aguascalientes, doña Mona continuó viviendo allí.
Para entonces ya me había mostrado algunas fotografías y escritos de Raffles. Recuerdo perfectamente la impresión que me produjeron aquellos documentos, pero más todavía el personaje que comenzaba a surgir detrás de ellos.
Como periodista, prácticamente me enamoré de Raffles.
Había algo extraordinario en aquella historia: un hombre convertido durante décadas en personaje de la nota roja, perseguido por policías, jueces y periodistas, pero que al mismo tiempo escribía, dibujaba, fotografiaba y dejaba detrás de sí una versión de su propia existencia que pocas personas habían podido conocer.
Publiqué entonces una entrevista con la señora Mona en El Occidental. Aquello fue apenas el principio.
Pasarían todavía algunos años antes de que el archivo de Raffles llegara finalmente a mis manos.
No era cualquier archivo. Era el conjunto de fotografías, escritos y documentos que, según me contó doña Mona, había despertado durante años el interés de periodistas de la talla de Julio Scherer García y Lazo de la Vega. Era, de alguna manera, el archivo de Raffles con el que habían soñado grandes nombres del periodismo mexicano.
Y terminó en mis manos.
Dentro había fotografías, dibujos, documentos y, sobre todo, los escritos de Raffles.
Entonces comenzó otro trabajo que duraría años.
La escritura era difícil. Había páginas donde las palabras parecían esconderse entre los trazos de una caligrafía complicada, propia de otra época y de un hombre que escribía sin imaginar que muchas décadas después alguien estaría intentando reconstruir cada una de sus frases frente a la pantalla de una computadora.
Fui trasladando aquellas páginas una por una.
No quise corregir a Raffles ni convertirlo en otro escritor. Mi intención fue conservar su voz, sus expresiones y, hasta donde fuera posible, la forma en que él mismo había decidido contar su historia.
Era una especie de diálogo entre dos épocas.
Raffles escribía desde el pasado y yo trataba de escucharlo desde el presente.
Conforme avanzaba la transcripción comprendí que buena parte de lo que se había publicado sobre él pertenecía a una segunda historia: la historia construida por los periódicos, los expedientes policiales y la leyenda.
Pero allí estaba también la primera.
La suya.
Sus palabras.
Sus fotografías.
Sus dibujos.
Sus recuerdos.
Por eso Manos de Seda. La verdadera historia de El Raffles no nació de una búsqueda apresurada en hemerotecas ni de la intención de rescatar simplemente a un personaje pintoresco de la nota roja mexicana. El libro comenzó muchos años antes, en una casa de Lagos del Country, cuando una mujer llamada Ramona abrió frente a mí unas fotografías y unos papeles antiguos.
Yo todavía no sabía que aquella tarde estaba comenzando una investigación que me acompañaría durante buena parte de mi vida.
Ni que, muchos años después, terminaría convirtiéndome en el depositario del archivo de Raffles: aquel mismo archivo que antes había despertado el interés de Julio Scherer García y Lazo de la Vega y a quienes doña Mona dijo no.


