
Más de 133 mil personas (oficialmente, ya que la cantidad real es mayor) continúan sin ser localizadas. Mientras el Gobierno depura registros y cruza bases administrativas, las madres buscadoras encuentran fosas, centros de reclutamiento y sitios donde los cuerpos fueron quemados. Ceci Flores, Indira Navarro y Mariana Ávila describen desde distintos puntos del país una misma maquinaria de ausencia.
Reportaje/Infografías/Cuauhtémoc Villegas Durán / Data2
México tiene un problema con sus desaparecidos.
Pero tiene otro todavía más inquietante:
tampoco sabe exactamente cuántos son.
Las cifras cambian dependiendo del día, del corte y de la metodología empleada.
Miles de personas entran al Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas; otras son reclasificadas, localizadas o sometidas a cruces administrativos que buscan determinar si tuvieron alguna actividad después de la fecha en que desaparecieron.
Y mientras las computadoras del Estado comparan CURP, domicilios y registros gubernamentales, en los montes de México ocurre algo completamente distinto.
Las madres siguen clavando varillas en la tierra.
Siguen encontrando huesos.
Siguen entrando a ranchos.
Siguen encontrando personas que el Estado no encontró.
Y algunas veces encuentran algo todavía peor:
lugares diseñados aparentemente no sólo para ocultar cadáveres, sino para destruirlos.
Ceci Flores: buscar a un hijo y encontrar al hijo de otra madre

Cecilia Patricia Flores Armenta lleva años viviendo una paradoja imposible.
Busca a sus hijos y encuentra a los hijos de otras mujeres.
En junio de 2026, durante una búsqueda en Juan José Ríos, Sinaloa, Data2 habló directamente con la fundadora de Madres Buscadoras de Sonora.
Allí desapareció en 2015 su hijo Alejandro Guadalupe.
Las buscadoras encontraron restos humanos.
Cuando Data2 le preguntó si podían pertenecer a su hijo, Ceci respondió:
“Sí estoy en búsqueda de mi hijo, pero no creo que sean de mi hijo los restos que encontramos”.
La respuesta dice casi todo sobre la búsqueda en México.
Una madre sale por el suyo.
Encuentra otro.
Lo recupera.
Lo entrega.
Y vuelve a buscar.
Porque ese cuerpo también tiene una madre.
Lagos de Moreno: donde los muertos todavía humeaban

Pero meses antes Ceci Flores había estado frente a una escena todavía más perturbadora.
El 17 de mayo de 2026, integrantes de Madres Buscadoras llegaron a un predio en Plan de los Rodríguez, Lagos de Moreno, Jalisco, después de recibir información anónima.
Lo que encontraron no parecía una fosa ordinaria.
Había al menos 15 puntos con restos óseos calcinados en la primera inspección; posteriormente las buscadoras hablaron de 17 puntos de interés. También localizaron fragmentos de cráneo, restos enterrados, llantas, varillas y objetos personales.
Pero hubo un detalle que transformó el hallazgo.
El sitio todavía humeaba.
Ceci Flores documentó en video que en algunas áreas todavía se percibía el olor de la combustión y había restos calcinados visibles.
La buscadora dijo que habían llegado tan pronto que aparentemente no hubo tiempo de retirar completamente la evidencia.
Otra integrante del colectivo, Norma Moya, narró que observó un cuerpo quemado del que todavía salía humo.
No estaban excavando únicamente el pasado.
La impresión de las buscadoras era que habían llegado a un sitio utilizado muy recientemente.
Pero los cuerpos no sólo humeaban, “nadaban”. En otro centro de exterminio localizado en el mismo municipio ese mismo día se encontraron 5 botes de 200 litros con retos humanos “cocinados” en ácido. Los medios y el Gobierno lo minimizaron, Objetivo7 y Data2 no.

La palabra que el Gobierno no quiso utilizar
Ceci Flores llamó al lugar crematorio clandestino y llegó a describirlo como un sitio de exterminio.
El Gobierno de Jalisco pidió prudencia.
El secretario general de Gobierno, Salvador Zamora, señaló que era prematuro utilizar la palabra “crematorio” antes de conocer los peritajes.
Ceci respondió acusando a las autoridades de minimizar lo encontrado.
“No podemos tapar el sol con un dedo”, dijo al cuestionar la manera en que el gobierno estaba presentando el hallazgo.
Y entonces ocurrió algo revelador.
La propia Fiscalía Especial en Personas Desaparecidas confirmó que dentro del predio había restos humanos sometidos a exposición térmica.
También encontró bidones con líquido utilizado para combustión, casquillos, machetes y fragmentos humanos quemados.
En una pileta destinada originalmente a dar agua al ganado había restos humanos que aparentemente fueron incinerados junto con llantas.
La autoridad discutía si aquello podía llamarse técnicamente “crematorio” porque no había localizado un horno.
Pero el punto esencial quedó confirmado:
allí fueron quemados restos humanos.
160 hectáreas

Después apareció un dato todavía más inquietante.
El área investigada en Plan de los Rodríguez comprende aproximadamente 160 hectáreas.
La Fiscalía reconoció que era necesario dividir el terreno en cuadrantes para procesarlo debido a su extensión.
Eso significa que los primeros 15 o 17 puntos detectados no pueden considerarse necesariamente el universo completo.
Eran lo localizado hasta ese momento.
Además, la destrucción por fuego dificulta extraordinariamente obtener perfiles genéticos.
La Fiscalía habló de fragmentos óseos con grave deterioro por calcinación.
La persona desaparece una vez cuando deja de regresar a casa.
Pero puede desaparecer por segunda vez cuando su cuerpo es fragmentado, quemado y reducido hasta un punto en el que incluso identificarlo mediante ADN se vuelve extremadamente difícil.
Ésa es la segunda desaparición.
La destrucción de la posibilidad de saber quién era.
¿Lagos de Moreno puede ser peor que Teuchitlán?

Teuchitlán produjo una conmoción nacional.
Lagos de Moreno no tuvo una reacción pública semejante.
No puede afirmarse todavía que Lagos haya tenido más víctimas que Rancho Izaguirre porque no existe un número forense definitivo de personas representadas por los restos recuperados.
Pero Lagos presenta características que impiden tratarlo como un episodio menor.
Un predio enorme.
Por lo menos 17 puntos señalados por las buscadoras.
Restos humanos quemados.
Combustible.
Llantas.
Fragmentos de cráneo.
Y testimonios de que algunos puntos todavía desprendían humo cuando llegaron las madres.
Por eso la pregunta no debería descartarse:
¿y si Lagos de Moreno termina siendo tan grave como Teuchitlán o más?
Todavía no existen elementos para responderlo en número de víctimas.
Pero sí existen suficientes para exigir que no sea minimizado.
Teuchitlán: la otra parte de la maquinaria
Rancho Izaguirre reveló otro componente.
El reclutamiento.
En 2025, Guerreros Buscadores de Jalisco puso nuevamente bajo los reflectores un predio de Teuchitlán que ya había sido intervenido previamente por autoridades.
El lugar terminó vinculado con entrenamiento de jóvenes captados mediante falsas ofertas laborales.
En marzo de 2026, la propia Fiscalía de Jalisco reconoció que el rancho había funcionado como lugar de adiestramiento.
La sospecha de que también hubiera servido para matar a quienes intentaban huir o se negaban a colaborar surgió por los restos y múltiples prendas encontradas.
Posteriores búsquedas localizaron nuevos fragmentos óseos en el sitio.
Teuchitlán permitió entender algo fundamental:
no todos los desaparecidos necesariamente fueron asesinados inmediatamente.
Algunos pudieron ser reclutados.
Otros retenidos.
Otros entrenados.
Otros obligados a trabajar para grupos criminales.
Y algunos probablemente asesinados después.
De Teuchitlán a Lagos

Los dos lugares pueden representar etapas distintas de un mismo fenómeno.
Teuchitlán ayuda a explicar cómo desaparece una persona.
Una oferta de trabajo.
Un traslado.
Un rancho.
Un periodo de entrenamiento.
Una estructura criminal.
Lagos de Moreno obliga a preguntarse qué ocurre después con algunas víctimas.
Muerte.
Fragmentación.
Incineración.
Entierro.
Destrucción de evidencia.
No está probado que ambos sitios formaran parte de una misma operación criminal y sería incorrecto afirmarlo sin evidencia.
Pero ambos forman parte de un territorio en el que la desaparición, el reclutamiento y las fosas se superponen.
Indira Navarro: desaparecer también desde una computadora
Cuando el Gobierno federal presentó en marzo de 2026 una nueva revisión del RNPDNO, Indira Navarro, dirigente de Guerreros Buscadores de Jalisco, habló con Objetivo7.
Su advertencia fue directa:
“Nos preparan para decirnos que sólo son 43 mil; es una desaparición administrativa”.
El Gobierno había dividido los registros de desaparecidos según la cantidad de información existente y la aparición de actividad administrativa posterior.
El problema señalado por Navarro era elemental:
que una persona presente alguna actividad en una base gubernamental después de desaparecer no significa automáticamente que haya sido localizada.
Puede existir uso de documentos por terceros.
Suplantación.
Errores.
O incluso una persona reclutada que continúa generando movimientos administrativos sin haber recuperado su libertad.
La advertencia adquiere otra dimensión después de Teuchitlán.
Un joven puede estar vivo.
Puede haber utilizado su identidad.
Puede aparecer en alguna base gubernamental.
Y continuar desaparecido para su familia.
Mariana Ávila: el fenómeno también llegó a Aguascalientes
En Aguascalientes, Mariana Ávila Montejano, del Observatorio de Violencia Social y de Género, ha advertido sobre el mismo mecanismo.
Después de operativos contra grupos criminales comenzaron a aparecer entre detenidos jóvenes que previamente habían tenido ficha de búsqueda.
Uno de los casos documentados fue el de un joven de 18 años cuya desaparición había sido denunciada.
Familias señalaron además que algunos jóvenes habían salido atraídos por ofertas de empleo.
Mariana sostuvo públicamente que ya no podía negarse la existencia de patrones de reclutamiento forzado en Aguascalientes.
Ese dato conecta Aguascalientes con Jalisco.
No porque los casos sean necesariamente responsabilidad de la misma organización.
Sino porque aparece el mismo mecanismo:
trabajo, traslado, desaparición y reclutamiento.
Las fichas que quizá esconden soldados del narco
Esto obliga a hacer una pregunta incómoda.
¿Cuántas de las más de cien mil personas desaparecidas en México fueron reclutadas por organizaciones criminales?
No existe una cifra.
Y quizá ni siquiera existe todavía la metodología para calcularla.
El caso de cuatro jóvenes rescatados en julio de 2026 de una finca de Zapopan —dos de ellos menores de edad— volvió a encender la preocupación por el reclutamiento en Jalisco.
Es posible, entonces, que dentro del RNPDNO convivan realidades completamente diferentes:
personas asesinadas;
personas enterradas clandestinamente;
personas sin identificar dentro de servicios forenses;
personas reclutadas;
personas víctimas de trata;
personas que huyeron voluntariamente;
y personas localizadas que todavía no han sido adecuadamente actualizadas.
Meter todas esas historias dentro de una sola cifra es inevitable para efectos estadísticos.
Pero pretender que todas significan lo mismo sería un error.
El país perforado
Existe además la geografía física de la desaparición.
Fosas.
Pozos.
Barrancas.
Casas abandonadas.
Predios rurales.
Parques públicos.
La Universidad Iberoamericana documentó que solamente Jalisco concentra al menos mil 157 cuerpos recuperados de fosas clandestinas dentro del periodo analizado.
Y entre 2019 y 2024 el estado registró 808 cuerpos recuperados, la mayor cantidad del periodo dentro de la comparación realizada por el estudio.
Tlajomulco se convirtió en uno de los epicentros.
Lagos de Moreno agregó la incineración.
Teuchitlán, el reclutamiento.
El Salto también apareció en mayo de 2026: mientras se procesaba el sitio de Lagos, buscadoras habían recuperado en otro predio 60 bolsas con restos humanos y tres cuerpos completos, en las inmediaciones de Las Pintitas.
En una sola jornada informativa, Jalisco ofrecía dos escenas:
restos quemados en Lagos de Moreno
y
decenas de bolsas con cuerpos cerca de Guadalajara.
No debería ser posible acostumbrarse a eso.
Cuando la madre se convierte en perito
México creó involuntariamente una profesión que ninguna universidad enseña:
madre buscadora.
Aprendieron a reconocer terreno removido.
A utilizar varillas.
A distinguir olores.
A identificar fragmentos óseos.
A leer carpetas de investigación.
A pedir geolocalizaciones.
A revisar fotografías forenses.
A observar detenidos buscando un rostro conocido.
A encontrar lo que las instituciones no encontraron.
Ceci Flores representa esa transformación.
No estudió para buscar cadáveres.
La desaparición de sus hijos la obligó a aprender.
Indira Navarro tampoco debería tener que discutir metodologías del RNPDNO.
Lo hace porque detrás de una modificación administrativa puede desaparecer nuevamente una persona.
Mariana Ávila no debería tener que explicar cómo una oferta de empleo puede terminar en reclutamiento criminal.
Pero las familias llegaron antes que las instituciones a muchas de estas conclusiones.
Buscar también mata
Las personas buscadoras trabajan además bajo amenaza.
Son vigiladas.
Amenazadas.
Atacadas.
Algunas han sido asesinadas.
Buscar desaparecidos se ha convertido en México en una actividad de alto riesgo precisamente porque encontrar un cuerpo puede significar descubrir también quién controla un territorio, qué rutas utiliza, dónde mata y dónde entierra.
Cada fosa es evidencia.
Cada predio revela una estructura.
Cada cuerpo recuperado puede contener información sobre sus asesinos.
Por eso la búsqueda no solamente incomoda al Estado.
También incomoda al crimen organizado.
El problema con los números
Y después está el Registro Nacional.
Los números se mueven.
No necesariamente porque el Gobierno esté ocultando deliberadamente personas.
Un registro vivo tiene que corregirse.
Debe eliminar duplicados.
Actualizar localizaciones.
Resolver errores.
Cruzar bases.
El problema aparece cuando una depuración administrativa se presenta como si equivaliera a encontrar personas.
No es lo mismo.
Una CURP utilizada después de la desaparición es una pista.
No una localización.
Un matrimonio registrado es una pista.
No una localización.
Un movimiento ante una dependencia puede ser extraordinariamente útil.
Pero mientras la familia no sepa dónde está la persona, el misterio continúa.
Ése fue el centro de la advertencia de Indira Navarro.
Depurar no es buscar.
La máquina de desaparecer
Al mirar juntos Lagos, Teuchitlán, las fosas y el reclutamiento, aparece una hipótesis más amplia.
No una conspiración única.
No una sola organización.
Sino una cadena de desaparición que puede adoptar distintas formas:
Captación.
Engaño.
Traslado.
Privación de la libertad.
Reclutamiento.
Explotación.
Asesinato.
Ocultamiento.
Fragmentación.
Incineración.
Entierro.
Y finalmente pérdida de identidad.
No todas las víctimas atraviesan toda la cadena.
No todos los casos responden al mismo patrón.
Pero las investigaciones de colectivos y autoridades muestran que esos mecanismos existen.
México ya no puede analizar la desaparición exclusivamente como el instante en que alguien dejó de responder el teléfono.
Hay que estudiar también qué ocurre después.
Lagos de Moreno y la segunda desaparición
Por eso Lagos de Moreno puede terminar convirtiéndose en uno de los sitios más importantes para comprender esta crisis.
No necesariamente porque sea el que contenga más víctimas.
Todavía no lo sabemos.
Sino por lo que representa.
Si un grupo criminal quema un cadáver hasta dificultar su identificación, no está únicamente tratando de ocultar un homicidio.
Está intentando destruir también la respuesta a la pregunta:
¿quién era?
La familia pierde a la persona.
Después puede perder incluso la posibilidad de recuperar su cuerpo.
Ésa es la segunda desaparición.
Y quizá esa dimensión explica por qué la discusión sobre si el lugar debía llamarse “horno”, “crematorio” o “sitio de exposición térmica” resultaba tan pequeña frente a lo encontrado.
El lenguaje técnico importa.
Pero no puede convertirse en una forma de reducir la dimensión del hecho.
Tres mujeres frente a la misma crisis
Ceci Flores busca en Sonora, Sinaloa y donde una madre le pida ayuda.
Indira Navarro busca en Jalisco.
Mariana Ávila acompaña casos en Aguascalientes.
Las tres han llegado por caminos diferentes al mismo punto.
El Estado no puede contar solamente fichas.
Debe entender qué ocurrió con las personas.
Ceci encuentra huesos.
Indira encuentra ranchos y cuestiona bases.
Mariana encuentra indicios de reclutamiento.
Las tres están describiendo partes de un mismo país.
Un país donde alguien puede desaparecer porque fue asesinado.
Porque fue reclutado.
Porque está cautivo.
Porque su cuerpo está en una fosa.
Porque nadie identificó sus restos.
O porque alguien quemó aquello que quedaba de él.
La verdad con números
México necesita registros precisos.
Necesita depurarlos.
Necesita saber exactamente cuántos desaparecidos tiene.
Pero la verdad no termina en una cifra.
También hay que contar:
las fosas;
los cuerpos sin identificar;
los restos calcinados;
los centros de reclutamiento;
las falsas ofertas laborales;
los expedientes sin investigar;
los jóvenes recuperados de fincas criminales;
las madres amenazadas;
y los fragmentos humanos que todavía producen humo cuando llegan las buscadoras.
Entonces el número adquiere sentido.
Porque detrás de cada registro existe una persona.
Y detrás de cada persona existe alguien esperando.
Ceci Flores lo expresó sin necesidad de una estadística sofisticada cuando encontró restos mientras buscaba a su hijo.
Probablemente no eran de él.
Pero alguien tendría que recuperarlos.
Porque una de las verdades más elementales de esta tragedia es también la que las buscadoras aprendieron primero:
aunque no sea el mío, alguien lo está buscando.


