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Con la guerra ‘perdimos el derecho a vivir en paz’

Una profesionista habitante de un rancho en el municipio de Elota, dejó su hogar y se mudó a Estados Unidos ante la violencia, que hoy la tiene separada de su familia, su gente, su vida…

“Es una tristeza enorme dejar a tu familia, tu hogar, tu trabajo de tantos años… el lugar donde todos nos veíamos como familia… y ver en lo que se ha convertido. Eso duele hasta las entrañas.”

Así empieza su relato. No se dirá su nombre, porque hoy en día, en Sinaloa, el silencio es también un mecanismo de defensa.

Ella es una profesionista, quien vivía en un rancho perteneciente al municipio de Elota, donde la violencia desatada por la pugna entre Mayos y Chapos, la obligó a abandonar su hogar, su familia, a su gente.

Sabía lo que era vivir entre disparos lejanos y rumores de “levantones”. No era ajena a la violencia, porque aquí no se puede serlo. Pero un día esa violencia cruzó el umbral de su vida personal: primero, con amenazas telefónicas, Luego, con un mensaje directo: si no colaboraba, la matarían.

Días antes, ya le habían quebrado la puerta de cristal de su trabajo.

Entonces, sin despedidas, sin planes, sin tiempo para mirar atrás, tomó una decisión que nadie debería tomar por miedo: irse. Exiliarse de su propia tierra.

Cuando cerró la puerta de su casa, algo en ella se rompió. Se fue dejando la estufa limpia, la ropa doblada, las fotos colgadas, los recuerdos flotando en cada rincón. La casa sigue ahí, pero vacía. Como todo el rancho. La mayoría de los que pudieron, se fueron también. Los que no, quedaron atrapados entre la violencia y la desesperanza.

“Mensajeando con la vecina que vivía atrás de mi casa, me dije: ‘aquí solo hay hambre… y un silencio que duele’. Le digo que se salgan, me responde: ‘¿A dónde? ¿Y cómo?’”.

Y es que no todos pueden huir. Muchos no tienen a dónde ir ni cómo irse. Eso también duele. La pobreza, en estos casos, es una condena doble.

La Secretaría del Bienestar y Desarrollo Sustentable (Sebides) contabilizó hasta julio mil 250 familias desplazadas desde el inicio de la guerra. La cifra solo incluye la movilización de personas dentro Sinaloa, pero no contempla a quienes se han ido a otros estados e incluso fuera del país.

“Extraño mi casa, mi hija, mi trabajo… me hace falta mi raíz”, dijo la mujer, quien ahora vive en Estados Unidos. Allá, entre camisas, pantalones y horas de pie, acomoda ropa para clientes que no conoce ni imaginan todo lo que ha dejado atrás.

“Yo acomodo la ropa y checo que vayan todas las prendas de cada cliente. Es fácil, me gusta… solo me canso porque son muchas horas parada, y yo nunca había trabajado así”.

A veces, la rutina alivia, pero el alma sigue inquieta. La raíz duele. La distancia también.

“Lo que más extraño es mi casa, mi rancho, mi trabajo, a mi hija… En Estados Unidos uno no termina de acoplarse. Es demasiado difícil”.

Y aunque trabaja duro, como siempre lo ha hecho, no se siente en casa. Porque no hay como tu casa.

Octubre: un año lejos de todo

“En octubre cumplo el año”, dije, y ese dato pesa. Porque ha sido un año sin abrazos cotidianos, sin amaneceres en su rancho, sin los olores de su cocina, sin su familia cerca. Ha sido un año viendo cómo la vida se reorganiza sin su consentimiento”.

A veces sueña con regresar. Todos los días se pregunta si algún día podrá volver. Pero la respuesta se ahoga en las noticias, en los mensajes que siguen llegando desde allá, en la realidad de un rancho que ya no es seguro, como muchos otros en las zonas rurales del sur del estado, donde las familias lloran a los desaparecidos, donde compañeros han sido asesinados, donde muchos funcionarios públicos han renunciado por miedo.

¿Y el futuro? “No me pienso regresar… Ojalá esto se acabe, pero no tiene fin. Dios quiera, pero no le veo cuándo”, aseguró entre sollozos.

En la frontera y en otras ciudades de México y Estados Unidos, hay muchos como ella: dispersos, desplazados, echando raíces en tierra ajena, aunque el corazón siga sembrado en Sinaloa.

Esta historia es solo una, pero representa cientos. Sinaloenses que no huyeron por gusto, sino por miedo. Miles que soñaban con quedarse y se vieron forzados a marcharse. Miles que lo único que querían era vivir en paz, en su propia tierra.

Hoy, su testimonio es un espejo de lo que ha dejado esta guerra sin nombre ni fin, donde los afectados también son los que trabajan honradamente, los que aman, los que resisten.

Y mientras tanto, dice, el rancho sigue en silencio. Un silencio que duele. Duele ver cómo el miedo lo va desdibujando todo: las calles, los rostros, las costumbres. Duele, porque no era así. Porque era suyo.

“Yo no era ajena a la violencia. Una aprende a convivir con ella como se convive con el calor: se soporta, se disimula, se ignora. El narcotráfico era algo común, pero no como ahora”, contó.

“Nos tocó ver lo impensable, cómo nuestros jóvenes desaparecieron y la violencia estaba en la puerta de nuestras casas, que nos robó la paz, todo se fue transformando, se acabó la vida que siempre habíamos tenido”.

Las actividades cotidianas, precisó, se perdieron poco a poco. Primero pensaron que la violencia terminaría rápido, pero cuando entendieron de lo que se trataba sumaron el miedo a su cotidianidad.

Los caminos que eran seguros, dejaron de serlo. Los despertaban las balas y las malas noticias.

“Trato de ser fuerte. Pero a veces, cuando me detengo un momento, cuando estoy sola, todo me cae encima. Y me pregunto si algún día podré regresar a mi casa, si esto tendrá fin, si podremos volver a ser lo que éramos”.

“Lo dudo. Porque lo que perdimos no es solo la casa o el trabajo: perdimos el derecho a vivir en paz”.

Desplazamiento forzado, otra arista de la guerra

Un informe anual del Observatorio de Desplazamiento Interno (Internal Displacement Monitoring Center, IMDC por su sigla en inglés), detalla que en Sinaloa, tan solo entre septiembre y noviembre de 2024, 4 mil 400 personas se desplazaron de sus hogares debido a la ola de violencia.

La Secretaría de Bienestar y Desarrollo Sustentable (SEBIDES) señala cifras diferentes, hasta mayo señala que un aproximado de 2 mil 900 personas habían solicitado apoyos por desplazamiento forzado, aun cuando la cifra de los que realmente se han mudado a otros lugares señala que es poco más de mil 100, siendo los municipios de Concordia, Culiacán, San Ignacio, Choix, Navolato, Elota y El Rosario, los más afectados.

Artículo publicado el 7 de septiembre de 2025 en la edición 1180 del semanario Ríodoce.

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