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Lejos del eterno Chespirito que marcó a generaciones con su humor blanco, existe una faceta menos conocida y más arriesgada del creador, que pocos se han detenido a explorar.

Los Ángeles Press/Antonio Rosales

En las últimas semanas, el nombre y la figura del famoso comediante estrella de Televisa, Roberto Gómez Bolaños “Chespirito”, ha resucitado de las arenas de la indiferencia y el olvido gracias al estreno de su serie biográfica Chespirito: Sin querer queriendo (2025), el pasado 5 de junio por la plataforma de streaming HBO Max. Como era de esperarse, tanto la bioserie como la conversación pública en redes que ha generado, se han centrado en la creación y entretelones del programa que muchos consideran su “obra cumbre”, El Chavo del Ocho, así como los detalles de su vida privada: el divorcio de su primera esposa, Graciela Fernández, y su infidelidad y relación con la actriz Florinda Meza, quien queda muy mal parada en este producto biográfico.

No obstante, se ha dejado de lado por completo otra faceta de Gómez Bolaños: más allá de la dudosa calidad de su comedia, y de lo cuestionable que puede resultar si fue merecido o inmerecido el reconocimiento que tuvo a lo largo de su carrera, a partir de la década de los noventa intentó desarrollar otras facetas fuera de los personajes simplones y chistes repetitivos que lo caracterizaron toda su vida. En teatro montó con notable éxito comercial la obra Once y Doce, y en telenovelas dirigió y produjo Milagro y magia (1991), estelarizada por Florinda Meza, que fue un sonado fracaso en índices de audiencia. Elisa, antes del fin del mundo (Televicine – Videocine, filiales de Televisa, 1997), cuyo tono y trama se alejan considerablemente del resto de la obra de Bolaños, fue una de sus películas de los años noventa, en las que participó como productor, y de la que poco se habla cuando se refieren al comediante.

Quizás la mejor manera de describir a la protagonista que da título a la película, y al filme mismo, sea citando las palabras de la mamá de Miguel (el pequeño amigo de Elisa, personificado por la entonces estrella infantil, Imanol Landeta), quien desaprueba desde el principio la amistad de Elisa (interpretada por la actriz de telenovelas, Sherlyn) con su hijo: “Es muy rara… En su manera de comportarse, en su manera de hablar. A veces dice algo y parece como si estuvieras escuchando a una persona adulta”. Y en efecto, película y protagonista son así: raras. Por “raras” no necesariamente nos referimos a malas, sino a algo que además de romper con todo lo anteriormente producido por Bolaños, resulta difícil de clasificar. Aunque en su momento, más que solo “rara”, fue considerada escandalosa por el retrato que hacía de la infancia, utilizando un vocabulario grotesco en algunos diálogos; cosa que entonces era inusual en una película y escandalizaba, y hoy no escandaliza a nadie ni en la ficción, ni en la vida real.

¿Qué estamos viendo cuando nos enfrentamos a este largometraje? ¿Estamos ante un melodrama, una tragedia? ¿A qué público va dirigida? ¿A los niños, que tienen el mayor peso de la película? ¿O a la crítica y reflexión de un público adulto, que podría identificarse con las preocupaciones, inseguridades o pretensiones en que viven los padres de estos niños? ¿Se hace una crítica social, política o moral de la época? ¿Estamos ante una historia convencional? ¿Estamos ante una niña de diez años que se siente adulta, o ante una adulta en el cuerpo de una niña?

Primero, sería importante ubicarse en el contexto de la época. Elisa, antes del fin del mundo, dirigida por Juan Antonio de la Riva, fue realizada en pleno auge del llamado Nuevo Cine Mexicano, el cual buscaba innovar y romper con la decadencia técnica y creativa en la que el cine mexicano se había estancado desde la década de los años setenta, plagada del llamado Cine de Ficheras y las comedias de luchadores. Se buscaban perspectivas mucho más crudas, eróticas y realistas, más cercanas a los cambios sociales que estaba viviendo el mundo y que reflejaran las nuevas formas de relacionarse, así como la profunda crisis económica que marcó prácticamente toda la segunda mitad de la década de los noventa en México. Cilantro y perejil (1998), Sólo con tu pareja (1991), Danzón (1991), Sexo, pudor y lágrimas (1999), fueron algunas de las películas que ejemplifican esa nueva era del cine mexicano.

Aunque no se menciona el año exacto en que ocurre la trama, ni se hace mención directa a los hechos históricos y políticos de la época, en Elisa, antes del fin del mundo posiblemente es la crisis económica de diciembre de 1994 (finalizando el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, y a pocos días del inicio del gobierno de Ernesto Zedillo), el inicio del fin al que alude la película. Una crisis económica no debería ser el fin del mundo para nadie, y quizás ya no sorprenda en la actualidad, tras las constantes debacles económicas y financieras que ha padecido el mundo en las últimas décadas. Sin embargo, en los años noventa y a los ojos de una niña cuyos padres no hacen más que pelear y lamentarse por el derrumbe de su economía, sí puede ser el Apocalipsis, el “fin del mundo”. De hecho, no eran pocas las personas que pensaban que “el mundo se iba a acabar” en el año 2000.

Los padres de Elisa (interpretados por Dino García y Susana Zabaleta, respectivamente) son víctimas de la crisis. Ambos creyeron que sus vidas mejorarían gracias al empleo del esposo y la aparente “bonanza” que presumía el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, quien gracias a la cooptación total de la prensa y los intelectuales (que iban desde Televisa, hasta Octavio Paz, Carlos Monsiváis, Gabriel García Márquez y Elena Poniatowska), y la simulación de una mayor apertura en el sistema económico y la libertad de expresión, presumía la entrada de México al “Primer Mundo”.

Tras las privatizaciones de la banca, telefonía, paraestatales, y la entrada de México al Tratado de Libre Comercio (TLCAN), Salinas de Gortari prometía un mundo idílico que nos traería la entrada salvaje del neoliberalismo y cuyo espejismo se desvanecería ante la crisis profunda de 1994 que arrastró a millones de mexicanos: deudas e hipotecas infladas e impagables, quiebra de empresas, recortes masivos de personal, suicidios al por mayor, el FOBAPROA… A la par, un aumento exacerbado en los índices de violencia y criminalidad impactaría en todo el país y particularmente en Ciudad de México. El Edén prometido por Salinas de Gortari se había convertido en una pesadilla: el Apocalipsis neoliberal.

Al país, como a la familia de la protagonista, les comenzó “a ir mal desde que les comenzó a ir bien”, en palabras del amigo de Elisa, Miguel. Tras la compra a crédito de un auto y un departamento en la colonia Roma (hoy uno de los mayores escenarios de la gentrificación que se vive en la capital del país), tal como millones de mexicanos que padecieron la crisis en carne propia, el padre de Elisa (Sherlyn) es despedido ante la quiebra de la empresa donde trabajaba, y las constantes presiones del banco para pagar sus deudas se convierten en una espiral que rodea y enferma a la familia, llevándola a la obsesión, la desesperación y la locura.

Mientras el padre de Elisa no hace más que maldecir a los empleados del banco y pronosticar que el futuro económico del país y del mundo será tan grotesco que la humanidad se verá orillada a “comer cucarachas para sobrevivir”, la madre no puede salir del estado de shock e incapaz de asimilar lo que está sucediendo, no hace más que rumiar en su tristeza sin poder prestar la menor atención a su hija. “Elisa”, quien toma de manera literal los comentarios de su padre, también imagina un futuro próximo muy similar al de la película distópica Cuando el destino nos alcance (Soylent Green, 1973), y se prepara para ello coleccionando cucarachas, cual si se tratase de ganado al que hay que engordar, criar y reproducir. Conforme las deudas con el banco se apoderan completamente de los pensamientos de la familia, y luego de que venden la televisión (con el enorme significado que tenía un  televisor para un niño de los noventa, similar a lo que hoy significa un celular para muchos niños), Elisa se convence de que debe ayudar a sus padres a salir de sus deudas, asaltando un banco.

Podría decirse que en Elisa, antes del fin del mundo (1997) estamos ante un triángulo: el bien y la inocencia infantiles en su estado más puro, en el personaje de Miguel (Imanol Landeta); el “mal” y la delincuencia juvenil, en el personaje de Paco (Rubén Rojo Aura), y finalmente, la inocencia que se corrompe, en el personaje de la protagonista, Elisa (Sherlyn). El triángulo también representa tres sectores socioeconómicos diferentes: la clase media alta en la familia de Miguel, indiferente a la crisis; la clase media baja yendo a menos en la familia de Elisa, y la pobreza que sobrevive mediante vandalismo y robos, en lo que podemos inferir de la historia de la familia de Paco. Es muy significativa la escena en que Paco introduce una pistola en escena: en tanto el inocente Miguel huye, Elisa sonríe fascinada. “Mi papá dice que las armas las carga el diablo”, murmura Miguel asustado. “¿Sabes qué? Yo soy el diablo”, responde Paco ante la sonrisa de Elisa, quien se siente hipnotizada y atraída a la maldad, tal como los roedores no pueden evitar correr hacia el queso de la ratonera que marcará su fatal destino.

Algunos youtubers y blogueros que han analizado o reseñado este largometraje, creen ver en los tres personajes infantiles una versión más descarnada de los tres personajes principales de El Chavo del Ocho: El Chavo, Quico y La Chilindrina. Sin embargo, la comparación resulta en extremo forzada, más aún si ponemos los chistes bobos y de pastelazo del célebre programa de Chespirito, en contraposición con esta cinta donde los niños coquetean con el vocabulario soez y la crueldad adulta, recordando (guardadas las diferencias y proporciones, de cada obra y sus personajes) a los menores de El señor de las moscas (1954), El guardián entre el centeno (1951) y Los olvidados (1950). Quizás lo único que podría recordarnos al programa televisivo de Chespirito, es el señor Gómez, empleado del banco (Agustín Torrestorrija), quien constantemente es agredido por los niños por hacer las funciones de cobrador, algo muy similar a lo que ocurría con “el señor Barriga”. Fuera de eso, el guión de Paula Marcovitch se encuentra muy distante de los libretos de Bolaños.

Filmada en planos largos, Elisa, antes del fin del mundo (1997) carece de un lenguaje cinematográfico extraordinario, o alguna propuesta novedosa en cuanto a su imagen, desarrollo y sonido. Sin embargo, los destellos de denuncia social, el equilibrio entre el drama y la comicidad de algunos diálogos, y algunas de sus actuaciones convierten la película en algo necesario de ver, a ojos vista de la época en que se grabó y que logra retratar con acierto.

Con un final trágico que llena de silencio pero también de preguntas, al terminar de ver este largometraje que traumatizó a miles de niños que la vieron en los años noventa (pensando que se trataba de un filme infantil, al ser Chespirito el productor), es inevitable cuestionarse: ¿Realmente ha cambiado lo que viven los niños de los noventa a los niños del presente? ¿Se diferencia mucho el abandono que vivían los niños de entonces ante el televisor, con el que viven los niños a los que se les deja el celular las 24 horas para que “no molesten” a los adultos? ¿No están aprendiendo cosas igual o más nocivas en las redes, sin guía alguna, tal como los niños de antes con el televisor? ¿En qué adultos se convertirán? ¿A alguien le importa, o al igual que los padres de Elisa, los padres de hoy también están demasiado ocupados en sí mismos como para prestar atención a sus hijos? ¿Qué mundo les dejaron a los que eran niños pequeños en aquella época, y qué mundo se les está dejando a quienes son niños ahora? ¿A alguien le importa?

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