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El INEGI acaba de publicar dos fotografías del país: 130.9 millones de habitantes y 207 mil 599 muertos en el primer trimestre de 2026. Las cifras parecen exactas. No lo son. Y entender por qué es indispensable para no dejarnos engañar por las estadísticas.

Ajo Blanco/Cuauhtémoc Villegas Durán/Foto/La Jornada Zacatecas

Una cifra tiene una cualidad casi religiosa: inspira confianza.

130.9 millones de mexicanos.

207 mil 599 muertos.

Puestas en una tabla, acompañadas por el logotipo de una institución oficial y expresadas hasta la última unidad, parecen verdades absolutas. Como si alguien hubiera recorrido México, contado uno por uno a todos sus habitantes y después contado, identificado y clasificado correctamente a cada persona que murió.

No ocurrió así.

Walter Krämer, profesor de estadística y autor de Así se miente con estadísticas, dedica buena parte de su obra precisamente a desmontar esa ilusión: la precisión del número no garantiza la precisión de aquello que pretende representar. Una estadística puede ser técnicamente legítima y, sin embargo, producir en el lector una imagen de la realidad mucho más exacta de lo que los datos permiten.

Y los dos grandes datos demográficos que el Instituto Nacional de Geografía e Informática (INEGI) acaba de publicar constituyen un magnífico ejemplo.

No hubo un censo en 2025

Este 22 de septiembre, el INEGI informó que en México residían alrededor de 130.9 millones de personas en 2025. Su Panorama Sociodemográfico publica, para la población considerada por la Encuesta Intercensal, una cifra de 130 millones 393 mil 389 personas.

El lector puede entender: “contaron a 130 millones 393 mil 389 mexicanos”.

Pero no fue así.

El último Censo de Población y Vivienda fue el de 2020. Lo que se levantó en 2025 fue la Encuesta Intercensal 2025. Es decir, una encuesta basada en una muestra probabilística de alrededor de siete millones de viviendas particulares. A partir de esa muestra, mediante procedimientos estadísticos, se estima la población del país.

Eso no significa que el dato sea falso.

Significa algo muy diferente y que rara vez aparece destacado en los titulares:

México no fue contado persona por persona. México fue estimado.

Ésta es exactamente una de las trampas que Krämer enseña a detectar. El público recibe el resultado final —130.9 millones— pero normalmente no recibe con la misma intensidad las condiciones bajo las cuales se produjo ese número.

La Encuesta Intercensal se realizó principalmente mediante entrevistas en viviendas particulares. El propio INEGI señala que su universo no equivale sencillamente a “todos los mexicanos en cualquier circunstancia”: la información de la encuesta se refiere fundamentalmente a viviendas particulares y sus ocupantes, y existen tratamientos específicos para población en viviendas colectivas, personas sin vivienda y otros grupos.

La cifra adquiere entonces otro significado.

Ya no estamos diciendo:

“Hay exactamente 130 millones 393 mil 389 personas”.

Estamos diciendo algo mucho más cercano a la realidad estadística:

“Con base en una gran muestra de viviendas y en un modelo de estimación, ésta es nuestra mejor aproximación al tamaño de la población”.

No suena igual.

Pero es mucho más honesto estadísticamente.

Los muertos tampoco son simplemente contados

Cuatro días antes, el 18 de septiembre, el INEGI dio a conocer otro número impresionante: 207 mil 599 defunciones registradas entre enero y marzo de 2026, en cifras preliminares.

Otra vez aparece la sensación de exactitud.

207,599.

Ni 207 mil.

Ni aproximadamente 208 mil.

207 mil 599.

La imaginación convierte inmediatamente esa cifra en 207 mil 599 personas que murieron durante esos tres meses y cuyas causas conocemos con exactitud.

Pero la propia denominación del producto nos da una primera advertencia: se llama Estadísticas de Defunciones Registradas.

“Registradas” y “ocurridas” no significan necesariamente lo mismo.

En el corte equivalente del primer trimestre de 2025, por ejemplo, el INEGI informó 211 mil 894 defunciones registradas, pero solamente 197 mil 242 habían sido tanto registradas como ocurridas dentro del propio periodo. Es decir, una parte de los registros correspondía a fallecimientos ocurridos fuera de esos tres meses.

Ésta es una diferencia aparentemente pequeña de lenguaje que puede cambiar por completo la interpretación periodística.

Si un reportero escribe “en tres meses murieron X personas” utilizando únicamente el número de defunciones registradas, puede estar convirtiendo una variable administrativa en una variable temporal distinta.

Krämer estaría encantado con el ejemplo.

El número es verdadero.

La conclusión puede ser falsa.

¿Y quién decide de qué murió una persona?

Aquí aparece un problema todavía mayor.

Las estadísticas de mortalidad comienzan con documentos humanos.

El principal instrumento es el certificado de defunción. También intervienen las actas del Registro Civil, los Servicios Médicos Forenses y, en muertes accidentales o violentas, información procedente de las agencias del Ministerio Público. Después, la causa básica de la muerte se codifica conforme a la Clasificación Internacional de Enfermedades, CIE-10.

Esto significa que entre la muerte real y la cifra estadística existe una cadena:

muere una persona;

alguien determina o supone la causa;

alguien llena un certificado;

otro organismo puede aportar información adicional;

la información se captura;

se revisa;

se codifica;

se clasifica;

y finalmente aparece convertida en una casilla de una tabla.

Cada etapa puede introducir incertidumbre.

Krämer utiliza precisamente el caso de las causas de fallecimiento para explicar que las estadísticas aparentemente más objetivas tampoco están libres de errores. En revisiones posteriores de certificados de defunción se han encontrado proporciones importantes de causas incorrectamente asentadas.

No significa que un tercio de todos los muertos mexicanos esté necesariamente mal clasificado.

Significa algo más importante: “causa de muerte” no es siempre un hecho estadístico que nazca perfecto junto al cadáver. Es una clasificación construida posteriormente a partir de información médica y administrativa.

El propio INEGI vuelve a revisar los muertos

Hay algo que el lector debería saber cada vez que encuentre la palabra preliminar.

Preliminar significa que el número todavía puede cambiar.

El INEGI señala que para producir las cifras definitivas de mortalidad realiza procesos posteriores de revisión y confronta con la Secretaría de Salud. En particular se revisan grupos especialmente delicados como las muertes maternas, los fallecimientos de menores de cinco años, las agresiones —presuntos homicidios— y determinadas causas sujetas a vigilancia epidemiológica.

También existen controles para localizar duplicados, inconsistencias y posibles errores de captura.

Esto es fundamental.

Si posteriormente se modifica el número de homicidios, no necesariamente significa que alguien añadió muertos que antes no existían.

Puede significar que una muerte que originalmente estaba en una categoría pasó a otra después de obtener información adicional.

Y aquí volvemos a Krämer:

la estadística no solamente cuenta; clasifica.

Quien controla la categoría controla, en cierta medida, el resultado que veremos.

La cifra puede ser verdadera y el titular engañoso

Pensemos en estos dos titulares hipotéticos:

“México tiene exactamente 130 millones 393 mil 389 habitantes”.

“En los primeros tres meses del año murieron exactamente 207 mil 599 mexicanos”.

Ambos parecen desprenderse directamente de los datos oficiales.

Pero ninguno describe correctamente toda la metodología.

El primer número procede de una encuesta probabilística, no de contar personalmente a toda la población.

El segundo corresponde a defunciones registradas, es todavía preliminar y está sujeto a revisión y reclasificación.

Éste es uno de los mecanismos más poderosos del engaño estadístico porque no necesita falsificar absolutamente nada.

Basta con ocultar las palabras pequeñas.

Estimación.

Muestra.

Preliminar.

Registradas.

Margen.

Periodo.

Universo.

Clasificación.

Cuando esas palabras desaparecen, el número adquiere una autoridad que científicamente nunca tuvo.

Incluso multiplicar por cuatro puede engañarnos

Alguien podría tomar las 207 mil 599 defunciones del primer trimestre y hacer una sencilla multiplicación:

207,599 × 4 = 830,396.

Y publicar:

“México se encamina a más de 830 mil muertos en 2026”.

La operación matemática sería impecable.

La estadística podría ser engañosa.

¿Por qué?

Porque las defunciones no necesariamente se distribuyen uniformemente durante los cuatro trimestres, porque existe rezago entre ocurrencia y registro y porque las cifras que estamos utilizando son preliminares.

Ésta es otra enseñanza central del libro de Krämer: se puede mentir sin cometer un solo error de aritmética.

La multiplicación puede estar bien y la conclusión estar mal.

El problema no es el INEGI; es creer ciegamente en el número

Sería igualmente incorrecto concluir que estas limitaciones demuestran que el INEGI inventa sus estadísticas.

No hay evidencia para sostener eso a partir de estos datos.

Al contrario: buena parte de estas advertencias metodológicas las publica el propio Instituto.

El problema aparece después, cuando gobiernos, periodistas, empresas o ciudadanos toman un indicador construido bajo determinadas condiciones y lo presentan como una verdad total.

Un dato puede ser perfectamente válido para aquello para lo que fue diseñado y completamente engañoso utilizado para otra cosa.

Una encuesta no es un censo.

Una estimación no es un conteo individual.

Una muerte registrada no equivale necesariamente a una muerte ocurrida en el mismo periodo.

Una causa asentada inicialmente no siempre será la causa definitiva.

Una cifra preliminar no es una cifra definitiva.

Y una cifra oficial no deja de tener incertidumbre simplemente porque tenga seis dígitos.

Cómo leer estadísticas sin dejarse engañar

Krämer obliga a formular preguntas incómodas antes de aceptar cualquier número:

¿Qué exactamente están contando?

¿A quiénes dejaron fuera?

¿Es un censo o una muestra?

¿Es una cifra observada o una estimación?

¿De qué fecha es el fenómeno y de qué fecha es el registro?

¿Es preliminar o definitiva?

¿Quién hizo la clasificación?

¿Puede cambiar posteriormente?

¿Con qué otra cifra la están comparando?

Y, quizá la pregunta más importante:

¿el número realmente demuestra lo que me están diciendo que demuestra?

Las estadísticas son indispensables para conocer un país de 130 millones de habitantes.

Pero también pueden construir una realidad artificialmente precisa.

México no cabe dentro de una celda de Excel.

Detrás de los 130.9 millones de habitantes estimados existen millones de personas que no fueron interrogadas directamente y cuyo número se obtiene mediante inferencia estadística.

Y detrás de las 207 mil 599 defunciones registradas existen certificados, médicos, registros civiles, ministerios públicos, forenses, clasificadores, rezagos administrativos y revisiones posteriores.

Las cifras no necesariamente mienten.

Pero cuando olvidamos cómo fueron construidas, podemos conseguir que digan cosas que nunca demostraron.

Ésa es la advertencia de Walter Krämer.

Y quizá sea una de las mejores herramientas que puede tener un lector frente a cualquier estadística oficial.

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