Cuauhtémoc Villegas Durán/Foto/BBC
El 11 de septiembre de 2001 no comenzó una guerra.
Comenzó algo peor: el regreso de la Edad Media.
Aquella mañana, frente a las pantallas de televisión de todo el planeta, vimos a dos aviones comerciales atravesar las Torres Gemelas de Nueva York y convertir en humo uno de los grandes símbolos del poder económico de Occidente.
Parecía una escena imposible.
El mundo llevaba décadas convenciéndose de que avanzaba hacia el futuro: computadoras, satélites, teléfonos celulares, bolsas de valores conectadas en tiempo real, viajes supersónicos, genética, Internet.
Y de pronto aparecieron otra vez los cruzados y los infieles.
Sólo que ahora tenían aviones.
La tecnología pertenecía al siglo XXI. Las ideas que empujaban aquellos aparatos contra los edificios podían haber salido de una guerra religiosa de hace mil años.
Y la respuesta no tardó en parecerse demasiado.
Estados Unidos, herido en el corazón y humillado ante el mundo, no respondió únicamente con policías, jueces e inteligencia. Respondió con ejércitos.
Afganistán.
Irak.
Prisiones clandestinas.
Tortura.
Guantánamo.
Bombardeos.
Ocupaciones.
Una guerra que se anunciaba contra el terrorismo terminó extendiéndose por países enteros, mientras millones de personas comenzaron a ser observadas bajo una nueva categoría política y religiosa: el sospechoso.
Ese día aprendimos que bastaban unas cuantas horas para arrancarle siglos de barniz a la civilización.
Debajo de los rascacielos, las universidades, los parlamentos y las declaraciones universales de derechos humanos seguían viviendo los mismos fantasmas antiguos: Dios contra Dios, imperio contra imperio, tribu contra tribu.
Occidente hablaba de democracia.
Sus enemigos hablaban de guerra santa.
Y ambos comenzaron a matar.
El 11-S produjo una transformación todavía más profunda porque convirtió al miedo en política de Estado.
Antes viajábamos en avión sin quitarnos los zapatos.
Después aprendimos a caminar descalzos frente a los agentes de seguridad.
Nos acostumbramos a las cámaras.
A los detectores.
A las listas negras.
A los interrogatorios.
A que los gobiernos revisaran comunicaciones en nombre de nuestra seguridad.
El ciudadano libre comenzó a aceptar pequeñas humillaciones porque le habían enseñado que en cualquier asiento, aeropuerto, mochila o mezquita podía esconderse el enemigo.
El terrorismo había conseguido algo extraordinario: hacer que las democracias comenzaran a desconfiar de sus propios ciudadanos.
Pero también consiguió otra cosa.
Cambió la escala de las guerras.
Ya no hacía falta conquistar una capital para provocar una crisis mundial.
Diecinueve hombres podían paralizar al país más poderoso de la Tierra.
Un grupo escondido en montañas podía obligar a movilizar portaaviones, ejércitos, agencias de inteligencia y billones de dólares.
David había descubierto que podía herir a Goliat.
Y Goliat, enfurecido, comenzó a destruir montañas enteras buscando a David.
Ahí regresamos definitivamente a la Edad Media.
No por las túnicas.
No por las barbas.
No por las religiones.
Sino porque volvimos a aceptar la lógica más antigua de todas:
ellos y nosotros.
El creyente y el hereje.
El civilizado y el bárbaro.
El elegido y el condenado.
Cuando una sociedad comienza a pensar así, los muertos dejan de tener nombre.
Se convierten en cifras.
Daños colaterales.
Objetivos militares.
Enemigos combatientes.
Mártires.
Infieles.
Veinticinco años después, seguimos viviendo dentro del mundo construido aquella mañana.
Las guerras cambiaron de nombre, los presidentes cambiaron, Bin Laden murió, las Torres desaparecieron del horizonte de Nueva York y una nueva generación nació sin memoria de aquel día.
Pero el miedo permaneció.
También permanecieron la vigilancia, las fronteras endurecidas, la persecución, las guerras preventivas, el odio religioso y esa facilidad aterradora con que cualquier sociedad puede convencerse de que matar es correcto cuando Dios, la patria o la seguridad nacional parecen justificarlo.
Quizá esa fue la verdadera victoria de los terroristas.
No derribar dos edificios.
Sino demostrar que nuestra modernidad era mucho más frágil de lo que pensábamos.
Habíamos llegado a la Luna.
Habíamos descifrado el átomo.
Estábamos comenzando a conectar al planeta entero mediante Internet.
Pero bastó una mañana para descubrir que debajo del traje, la computadora y el automóvil seguía caminando el hombre medieval.
El que necesita un enemigo.
El que quiere vengarse.
El que cree que su Dios tiene razón.
El que levanta murallas.
El que tortura.
El que quema al hereje.
El que marcha hacia otra tierra convencido de que la violencia puede salvarlo.
Por eso el 11 de septiembre no debe recordarse únicamente como el día en que cayeron las Torres Gemelas.
Fue también el día en que cayó una ilusión.
La ilusión de que la humanidad avanzaba inevitablemente hacia algo mejor.
Aquel martes descubrimos que la historia no siempre camina hacia adelante.
A veces retrocede.
Y el 11-S retrocedimos mil años.


