


Por Cuauhtémoc Villegas
Hay cifras que no deberían poder decirse en voz alta sin que algo se quiebre en la conciencia colectiva. Pero en México ya no se quiebra nada. Se publican, se consumen, se olvidan. Como si fueran parte del paisaje.

Entre enero y junio de 2025 se registraron oficialmente 14,488 presuntos homicidios en el país, de acuerdo con el más reciente reporte preliminar del INEGI sobre Defunciones por Homicidio. Son 14,488 vidas extinguidas, 14,488 historias truncadas, 14,488 familias mutiladas, en apenas medio año.
La cifra, presentada por la autoridad estadística como un dato técnico, es en realidad una radiografía brutal del fracaso estructural del Estado mexicano para garantizar el derecho más básico: el derecho a vivir.
Una violencia que ya no escandaliza
El dato tiene un detalle aún más inquietante:
INEGI señala que la tasa nacional bajó de 12.6 homicidios por cada 100 mil habitantes en 2024 a 11.1 en 2025 (primer semestre). Es decir, hay una leve disminución estadística.
Pero esa “mejora” ocurre dentro de un contexto profundamente enfermo:
México sigue registrando más de 80 homicidios diarios en promedio.
¿Desde cuándo 80 asesinatos al día son considerados una mejora aceptable?
La gráfica histórica (1990–2025) muestra con claridad el fenómeno:
Durante los años noventa, el país rondaba entre 5 mil y 8 mil homicidios semestrales. A partir de 2008 inicia un ascenso abrupto. Y desde 2017 México se instala en una meseta sangrienta superior a los 15 mil asesinatos cada seis meses.
No es un pico.
No es una crisis pasajera.
Es una condición estructural del país.
El rostro masculino de la guerra interna
De los 14,488 homicidios registrados en el primer semestre de 2025:
- 12,781 víctimas fueron hombres
- 1,542 fueron mujeres
- 165 no especificados
La tasa masculina alcanzó 20.1 homicidios por cada 100 mil hombres, mientras que en mujeres fue de 2.3 por cada 100 mil.
Esto revela una realidad incómoda: México vive una guerra no declarada donde los principales cuerpos sacrificados son jóvenes y adultos varones, generalmente provenientes de entornos precarizados, colonias periféricas y economías informales. Carne de cañón social.
No son solo “víctimas del crimen”.
Son víctimas de una estructura económica, política y cultural que produce muerte como subproducto cotidiano.
El arma de fuego: el verdadero poder fáctico
El dato más contundente del informe es este:
- 71.9% de los homicidios (10,423 casos) fueron cometidos con armas de fuego.
- Apenas 8.8% con armas punzocortantes.
- El resto se reparte entre estrangulamientos, golpes, negligencias y medios no especificados.
Esto confirma algo que el discurso oficial evade:
El verdadero actor dominante del territorio no es el Estado, es el arma.
Donde hay arma de fuego, hay control territorial.
Donde hay control territorial, hay poder real.
Y donde el Estado no controla las armas, no controla el país.
La trampa de las “cifras preliminares”
INEGI advierte que los datos 2025 son preliminares. La experiencia indica que, cuando se publican las cifras definitivas, el número suele aumentar, no disminuir.
Es decir: estos 14,488 podrían convertirse fácilmente en más de 15 mil cuando se cierre la base oficial.
La violencia en México no solo mata: también distorsiona el registro, retrasa la verdad y fragmenta la memoria.
La normalización del horror
Lo más grave no es la cifra.
Lo más grave es que ya no genera reacción.
Catorce mil asesinatos en seis meses no provocan movilizaciones nacionales.
No provocan crisis de Estado.
No provocan ruptura política.
No provocan conmoción cultural.
Provocan scroll.
México se ha convertido en un país donde la muerte dejó de ser tragedia para convertirse en estadística. Y cuando una sociedad acepta eso, el problema ya no es solo criminal: es moral, cultural y espiritual.


