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El ocaso de un círculo íntimo y la mudanza a Madrid

Ajo Blanco/Cuauhtémoc Villegas Durán/Objetivo7/Data2

CIUDAD DE MÉXICO.— Hubo un tiempo en que, cada semana, tres mujeres se sentaban a la mesa para tomar café y conversar como si fueran socias de una misma empresa política. Beatriz Gutiérrez Müller, esposa del entonces presidente Andrés Manuel López Obrador; Claudia Sheinbaum, ya presidenta, hace meses, hace no mucho; y una tercera aliada cercana. En Palacio y en corrillos de Morena se les llegó a llamar con sorna y admiración “las generalas”: la cúpula femenina que orbitaba alrededor del poder y que acompañaba, apuntalaba o incluso corregía la marcha del proyecto de la Cuarta Transformación.

Esas reuniones se acabaron La mesa se quebró. Hoy, el mote de “generala” sobrevive en tono de ironía, mientras Gutiérrez Müller abandona México y se instala en Madrid con su hijo Jesús Ernesto.


De la armonía al desencuentro

El apelativo de “generalas” nació de la percepción de que aquellas tres mujeres ordenaban la tropa: establecían líneas de conducta, influían en decisiones clave y administraban los silencios y desplantes del entonces presidente. Pero con el paso del tiempo, el círculo se desgastó.

Las tensiones entre Beatriz y Claudia Sheinbaum se hicieron públicas con mensajes como el de cumpleaños en el que Gutiérrez Müller escribió: “que la inteligencia, que no le sobra, siga siendo su guía”. Una frase que muchos leyeron como un golpe directo, síntoma de la ruptura definitiva.

En paralelo, el vínculo con los hijos mayores de López Obrador nunca fue terso. La segunda esposa del presidente fue vista como intrusa en un clan compacto, y las diferencias privadas trascendieron al rumor político: Beatriz nunca logró encajar del todo en la dinámica familiar de los López Beltrán.


La mudanza como exilio

La publicación de ABC en España confirmó lo que en México se decía en voz baja: Gutiérrez Müller solicitó nacionalidad española por ascendencia y pidió permiso de residencia en marzo pasado. Su destino: La Moraleja, un enclave de fortunas y diplomáticos a las afueras de Madrid. El motivo oficial: que su hijo Jesús Ernesto, de 18 años, estudie Derecho en la Universidad Complutense.

Pero la mudanza no se explica sólo por razones académicas. Es, en sí, un exilio voluntario: un retiro de la escena mexicana en un momento en que su papel político-cultural ya no tiene cabida ni en el entorno de López Obrador —recluido en Palenque— ni en el de Sheinbaum, que gobierna sin puentes hacia ella.


El eco de la paradoja

El contraste resulta inevitable: la mujer que en 2019 respaldó la carta presidencial que exigía disculpas históricas a la Corona española, ahora fija residencia en Madrid. La misma que en cafés de sobremesa se pensaba arquitecta cultural de la 4T, hoy se aleja de la mesa del poder.

La prensa española subraya la ironía; la mexicana, la incomodidad. En ambos lados del Atlántico, la mudanza se lee como un gesto político: ni Sheinbaum ni los hijos mayores de López Obrador tendieron puentes; Beatriz eligió el silencio europeo antes que la disputa interna.


Conclusión

La historia de Beatriz Gutiérrez Müller es la de una caída en cámara lenta: de generala a exiliada. De la mujer que parecía sostener la narrativa cultural del obradorismo a la que ahora busca en La Moraleja un espacio privado, protegido, quizás definitivo.

La mesa de café de las generalas se disolvió. Y con ella, el último símbolo de un poder compartido. Hoy, cada una escribe su propio capítulo: Sheinbaum desde la presidencia, los hijos desde sus negocios y redes, y Beatriz desde un retiro madrileño que se parece demasiado a un exilio del corazón del obradorismo.

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