Los Ángeles Press
Ciudad de México — La reciente extradición de 26 líderes criminales mexicanos a Estados Unidos ha sacudido el tablero de la cooperación bilateral en materia de seguridad. Pero más allá del volumen inusual del traslado, lo que genera mayor atención —y controversia— es la inclusión de varios capos del narcotráfico que, durante años, habían logrado frenar su entrega mediante estrategias legales y silencios diplomáticos.
Uno de los casos más emblemáticos es el de Abigael González Valencia, líder de Los Cuinis y cuñado de Nemesio Oseguera Cervantes, alias El Mencho, jefe del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG). González Valencia fue detenido en 2015, en un operativo discreto en Puerto Vallarta, y desde entonces había librado una intensa batalla jurídica para evitar su extradición. Durante casi una década, su caso permaneció estancado entre amparos, recursos legales y aparente indiferencia del gobierno mexicano.
Otro nombre relevante es el de Servando Gómez Martínez, alias La Tuta, exlíder de Los Caballeros Templarios. Aunque fue capturado en 2015 y condenado en México en 2019 a 55 años de prisión, su nombre apareció sorpresivamente en la lista de extraditados. Pese a su notoriedad pública y su responsabilidad en crímenes de alto impacto, durante años su posible envío a Estados Unidos no fue una prioridad en la agenda bilateral.
También figura Juan Carlos Félix Gastélum, alias El Chavo Félix, identificado como yerno de Ismael El Mayo Zambada, uno de los líderes históricos del Cártel de Sinaloa. Aunque su captura no tuvo el mismo nivel de exposición que otros, su inclusión en este grupo sugiere una decisión estratégica: debilitar el aparato financiero y logístico que aún sostiene a la vieja guardia del narco.
La extradición de estos personajes no es casual. Varios de ellos se encontraban detenidos en cárceles mexicanas desde hace años sin que se concretara su traslado, a pesar de contar con solicitudes formales por parte de la justicia estadounidense. Su entrega ahora, en el contexto de amenazas arancelarias del presidente Donald Trump y negociaciones bilaterales sobre seguridad, ha sido interpretada por analistas como una medida política más que judicial.
“Estas extradiciones no parecen responder a una política de justicia sostenida, sino a presiones externas y cálculos diplomáticos”, señaló una fuente consultada del ámbito judicial que prefirió el anonimato. “Muchos de estos capos llevaban años aquí. ¿Por qué no los extraditaron antes? Porque hay otro tipo de intereses en juego”.
El gobierno mexicano ha defendido la decisión como parte de una estrategia renovada de colaboración con Estados Unidos, señalando que se actuó “en coordinación bilateral y con pleno respeto a la soberanía nacional”, según el secretario de Seguridad, Omar García Harfuch.
Sin embargo, la percepción pública y el debate político dentro de México se ha polarizado. Mientras sectores afines al gobierno de Claudia Sheinbaum celebran la cooperación como un avance necesario para combatir al crimen organizado, otros cuestionan si esta entrega masiva responde más a un intento de contener las amenazas comerciales de Trump que a una decisión soberana.
La extradición de líderes con trayectorias prolongadas en prisión y procesos judiciales inconclusos en México también ha levantado interrogantes sobre el funcionamiento del sistema de justicia interno.
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