Avandaro.
Por Cuauhtémoc Villegas | Especial para Data2
Hay que tener memoria para entender el presente. Porque mientras hoy el Estado mexicano guarda silencio —o peor aún, aplaude— frente a la glorificación del crimen entonada en los corridos tumbados, décadas atrás desplegaba toda su fuerza para perseguir otro tipo de música: el rock. Un sonido que no venía de los cerros ni hablaba de fuscas, sino de guitarras distorsionadas y sueños de libertad.
Era 1971 y los jóvenes mexicanos habían tenido su Woodstock: el Festival de Avándaro. Ahí, en Valle de Bravo, miles de almas se congregaron en torno a una música que hablaba de amor, rebelión y paz. Pero al régimen de Luis Echeverría no le gustó. El Estado —el mismo que dos años antes había masacrado estudiantes en Tlatelolco— reaccionó como solía hacerlo: con censura, miedo y control.
La televisión y la radio fueron instruidas para no difundir rock. Los conciertos fueron clausurados. Se persiguió a los músicos y se etiquetó a los fans como degenerados, drogadictos, enemigos del buen mexicano. Así nacieron los hoyos fonky: espacios clandestinos, subterráneos en todos los sentidos, donde el rock sobrevivía como un susurro en la oscuridad. Aquel joven que agarraba una guitarra no era héroe ni estrella: era sospechoso.
Hoy, medio siglo después, México es otro país. Las bocinas callejeras no esconden nada. No hay clandestinidad, sino estruendo. La música que suena en los camiones, en las fiestas, en los patios, ya no es subversiva en el sentido espiritual: es literal. Narra ejecuciones, presume cargamentos, exalta al sicario. Ya no se canta para escapar del sistema, sino para formar parte de su versión más corrompida: el narcoestado cultural.
Y el Estado calla. A veces incluso baila.
Los corridos tumbados han sido adoptados sin crítica por la industria y, en muchos casos, por la clase política. No se cierran escenarios, no se clausuran conciertos: se abren. Se promueven. Se venden millones. Y lo que antes se perseguía por “indecente”, hoy se tolera aunque sea “criminal”. Porque al parecer, si algo genera dinero, no se cuestiona su moralidad. Y si fortalece una identidad nacional deformada, mejor todavía.
¿Dónde estaban entonces los defensores de la libertad artística cuando al rock se le cortaron las cuerdas? ¿Por qué ahora ese mismo argumento sirve para proteger letras que detallan cómo “levantan” a alguien o cómo se “queman los radios”?
La doble moral del Estado mexicano queda al desnudo. Se censuró al rock porque era incómodo, porque traía ideas. Pero no se censura a la tumbada porque acomoda, porque anestesia. Porque no pide un mundo mejor: describe el peor de los mundos como si fuera deseable.
La música es más que entretenimiento. Es termómetro y espejo. Y el nuestro está empañado de sangre y billetes. Lo que permitimos en nuestros altavoces dice mucho más que lo que gritamos en mítines. El Estado que hace 50 años temía a los solos de guitarra, hoy abraza los himnos de sicarios. Porque el primero pedía conciencia, y el segundo solo refuerza el poder.
Así de brutal. Así de claro.
Es un debate complejo, pero muchos analistas proponen esto como alternativas sin caer en censura total:
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